martes, 15 de mayo de 2018

¡Anatema sea dada! Poema contra la anti-España

La historia triste de Fernando y Belisa («Poema dramático del amor, el entusiasmo y la decepción en la guerra de España», Oviedo, 1975) es una obra del célebre carlista asturiano Jesús Evaristo Casariego y resume a la perfección, en modo de nostalgia y resentimiento, la lamentable situación de decadencia de la sociedad española, que bien podría subscribirse en la actualidad.


Aquí un fragmento del acto segundo: «En el que dialogan los vivos y los muertos, muchos años después:

Ramiro

—Yo ya estoy muerto, muy muerto,
muerto de asco y repugnancias,
porque entre todos me ahogaron
con sucias telas de araña
que nos envuelven y asfixian,
por muchas manos trenzadas:

Fernando

—Por los pícaros que suben,
por los vendidos que callan,
por los traidores que medran,
por los cínicos que ensalzan,
por los que adulan y aplauden,
por los que lloran y maman,
por los de la boca llena,
por los de la llena panza,
por los de la gran marmita,
por los de la gran cuchara,
por los que colman la olla
y reparten la pitanza…

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Ramiro

—Por los viles rastacueros,
por los torpes papanatas
que reniegan de lo propio,
de su pueblo y de su raza,
de sus nobles tradiciones,
y todo lo extraño exaltan,
y envilecen nuestro idioma,
prostituyen nuestra casa,
convirtiendo por dinero
a esta antigua tierra hispánica
en «moteles» de «tourisme»
(toda España una posada
con ventero y maritornes
y arrieros que hagan chanza
del ideal de don Quijote);
o en cesiones y ventajas
dadas a gringos rapaces
que nos venden y nos cambian
con cien nuevos gibraltares,
por si un Gibraltar no basta;
por los que ofrecen rufianes
a «touristes» menopáusicas,
o bujarrones maricas
si con divisas se pagan;
por los que desnudan hembras
y cobran por enseñarlas,
alcahuetes de mil putas
y mercaderes de esclavas,
con sus «misses» en pelota
para «play boys» reservadas.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Ramiro

—Por una prensa hedonista,
y servil y pornográfica,
hecha con pedanterías
y con demagogias falsas,
pregón de tetas y ombligos,
de adulterios y fulanas,
que toda virtud oculta,
y todo vicio proclama,
frívola y libidinosa,
proxeneta en cada página,
dirigida por Sempronio,
por Celestina inspirada,
corruptora de los pueblos,
prensa inmunda, bien pagada,
con escritos decadentes
que todo lo recio ablandan
y la belleza deforman
y lo puro y noble arrastran,
como sapos venenosos
que corroen cuanto embaban.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Fernando

—Por los que en sus latifundios
(tierras antaño robadas
a la Iglesia y a los pueblos
que al bien común se ofrendaban),
oprimieron y hambrearon,
y fueron, con dura garra,
caciques de vara y urna
en liberal democracia,
(dos cosas que aquí comienzan
con picaresca y falacia
y que siempre han terminado
con odios, sangre y desgracia);
que ayer jubilaron la urna
para conservar la vara,
y que hoy (por seguir la moda
como buenos papanatas
de las modas extranjeras)
de nuevo la urna reclaman,
porque es tal urna en sus manos,
pandereta bien tocada,
a cuyos sones los bobos
votan, botan, beben, bailan,
haciéndole reverencias
a la misteriosa caja
pandora de los caciques
y hucha de los oligarcas,
pero en realidad puchero,
que al «pucherazo» dio fama
con engaños y mentiras,
con sobornos y con trampas,
y escamoteos de la
picaresca democrática,
en la que son grandes sabios
los demócratas de España.
(Así al ser rotas las urnas
su mejor destino alcanzan).

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Ramiro

—Por los que hipócritas, cínicos,
la pena de muerte atacan
(salvo si el verdugo es suyo
y por sus órdenes mata),
y los «derechos humanos»
en asambleas proclaman,
y al mismo tiempo el aborto
protegen con leyes bárbaras,
que aplican pena de muerte
a criaturas humanas
sin defensa y a millones,
seres ya con cuerpo y alma,
creados por la lujuria
de malas madres malvadas,
infanticidas monstruosas
que así la vida arrebatan
en contra lo que Natura
y la Ley Divina mandan;

por los que a los maricones
con leyes amaricadas
reconocen y protegen
sus monstruosas alianzas,
aborto de los infiernos
y asquerosa repugnancia;

por los que del matrimonio
rompen la eterna y la santa
unidad con el divorcio,
que es poligamia y poliandria,
hipócrita y sucesiva,
inmoral y anticristiana;

por tantos viles y cínicos
legisladores canallas.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Fernando

—Por los fingidos católicos
que van en Semana Santa
a correr placer, desnudos,
con destemplanzas paganas,
y así escarnecen a Cristo
y hacen más hondas sus llagas;

por los que saquean templos
sin pudor y sin sotana,
imitadores de herejes
y demagogos de paja,
que están liquidando veinte
siglos de Historia cristiana,
como una mercadería
que es ya inútil y anticuada.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Ramiro

—Por los «señoritos rojos»
—y tontos— de sucias barbas,
mantenidos de papá,
que fingen miseria y hampa
e, hipócritas, los dineros
burgueses de papá gastan
con las «señoritas libres»
traga-píldoras y tarascas
que en público dan la lengua,
fornican y se emborrachan,
procaces minifalderas
en «bikinis» desnudadas,
más putas que aquellas putas
que antaño ponían casa.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Fernando

—Por los que cobran cien veces
más de los que otros mil ganan,
con pedantescos pretextos
de títulos y ventajas.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Ramiro

—Por las hembras que se visten
como machos, olvidadas
de los mandatos divinos,
y por los hombres que bajan
de su condición viril
que honor y mando les daban,
y son unos calzonazos
(en la expresión más exacta),
pues entregan sus calzones
a las hembras sublevadas,
y un mundo de calzonazos
para el futuro preparan,
y que un día llorarán
como dicen que llorara
su triste falta de hombría
el Rey moro de Granada.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

Fernando

—Por los que todo lo venden,
lo alquilan o lo subastan
con Consejos y Gerentes,
asesores y finanzas,
monopolios, exclusivas,
cohechos, avales, libranzas,
operaciones, sobornos,
descuentos, cambios, finanzas,
créditos, importaciones,
licencias, letras, balanzas
que pesan a su medida
con leyes de embudo y trampa;

por cuantos le rinden culto
a Manmon, el dios sin Patria,
y están rifando en parcelas
el viejo solar de España.

Voz que corea

—¡Anatema sea dada!

[Sigue…]

viernes, 4 de mayo de 2018

El regionalismo gallego defendido por Vázquez de Mella

Fragmento del discurso de Vázquez de Mella pronunciado en La Coruña con ocasión del Banquete de la Reunión de Artesanos:


«Jamás renegué de Galicia. Mi madre era asturiana; mi padre, gallego; yo nací en Asturias; pero tengo sangre gallega y, además, creo que nadie es extranjero en la tierra de su padre.

Amo a Galicia. Amo el relicario de Compostela donde viviera la libertad medieval, nimbándolo todo una aureola mística que hace ensanchar las almas.

En aquel ambiente, en realidad, nací para el pensamiento. Allí mis primeras discusiones fueron. Allí aprendí a sentir el regionalismo.

LAS PRIMERAS CAMPAÑAS REGIONALISTAS

Yo fui el primero que habló de regionalismo en el Parlamento. Yo nombré por primera vez, con escándalo de muchos, la monarquía federativa. Yo reivindiqué para todas las regiones el pase foral propio de Vasconia; y cuando el doctor Robert habló de regionalismo, tuvo que leer mis discursos anteriores.

Yo levanté bandera en favor de las regiones y, entonces, al luchar por las libertades regionales, veía pasar por mi imaginación la imagen atormentada de esta Irlanda del Mediodía, de esta región que el inmortal poeta Golpe llamaba Suevia irredenta.

Yo vi a Vasconia libre con sus fueros, y a Navarra, y a la noble Cataluña, que fundamenta sus aspiraciones en los huesos mismos de los Condes de Barcelona, allí donde llegan las ondeas del Mediterráneo trayendo cultura y donde se siente la influencia provenzal; y yo sentí la opresión de Galicia, y juntando la voz de las libertades a esta voz de tristeza, defendí la causa de todas las regiones en el Parlamento, hablando en medio del artificio político, que clasifica mal a los hombres y tiene errores de juicio, siendo una botánica que pone violetas junto a cardos y coloca hombres como yo, que son mirados como de otras épocas, junto a los llamados portadores del progreso.

NECESIDAD DE REORGANIZAR LA PATRIA

Allí concebí la necesidad de que la Patria se reorganice. Como se distribuyen los departamentos de un museo, así se señalan en el Parlamento los límites de cada partido. Y todos son sucursales de un centralismo abrumador.

Yo leo la Historia y veo que las aspiraciones de Galicia tienen un sólido fundamento histórico. Dícese que ese fundamento es medieval... Se abusa mucho de esta palabra y del sentido despectivo con que no pocos la pronuncian. Decir medieval es decir  libertad. Medievales son la brújula, la pólvora, el gremio, la letra de cambio e ideas y sistemas inmortales, que no deben ser juzgados por la fecha de su nacimiento sino por su contenido. La verdad, que es eterna, nunca envejece. El error es deleznable aunque nazca en tiempos modernos.

GLORIAS DE GALICIA

Galicia tuvo una gloriosa monarquía compostelana, honrada por Sisenando, que por ella murió, luchando contra los normandos en Fornelo; enaltecida por Pedro Suárez de Deza, que invadió Portugal, y engrandecida por Gelmírez, organizador de la flota que, mandada por Bonifaz, entró Guadalquivir arriba para conquistar Sevilla, asediada por San Fernando.

Estos nombres recuerdan la fundación de la nacionalidad, que se acusó más señaladamente cuando, en el siglo XII al comenzar las Cruzadas, Diego Peláez, valiéndose de los gremios, inició un gran movimiento artístico y dio comienzo a la catedral compostelana. De aquella época es también el municipio gremial, tan característico de Galicia.

Galicia engendró a Portugal, cuya lengua tiene origen galaico y cuyo gran poeta Camoens era nieto de gallegos.

Galicia tuvo sus Juntas, que fueron verdaderas Cortes y para defenderlas mantuvo grandes contiendas.

Por todo eso Galicia tiene propia personalidad, que debe reflejarse en la organización del Estado y en la legislación.

Aún sin estos fundamentos históricos, bastarían las necesidades actuales de Galicia para justificar la existencia de franquicias anticentralistas que mantengan la variedad dentro de la unidad».

El Correo Español, 4 de septiembre de 1916. Ejemplar de la Hemeroteca Digital: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0029776988&search=&lang=es

martes, 27 de marzo de 2018

La Reconquista de Vigo: Una contienda contrarrevolucionaria


Vigo fue el primer lugar de España en el que se consiguió expulsar a las tropas francesas. En esta ciudad, se celebra cada vez con mayor fuerza y repercusión este acontecimiento, iniciado un 28 de marzo de 1809. No obstante, se percibe en el ambiente una falsa interpretación del mismo. Parece que este hecho histórico lo quisieran presentar como una suerte de revolución popular de tintes izquierdistas y casi pre-separatistas. Nada más lejos de la realidad, pues si algo destaca la Reconquista de Vigo es que sigue los patrones del resto de levantamientos que se producen en  el resto de España contra la Francia revolucionaria. Es más, si cabe, la Reconquista de Vigo tiene una mayor esencia ultrarrealista. Porque ésta no fue una revolución popular, sino una contrarrevolución popular, no fue pre-separatista sino españolísima, no fue republicana sino monárquica, no fue libertaria sino católica a machamartillo.

«Los frailes de la Reconquista de Vigo», artículo publicado en La Voz de Galicia el 17 de agosto del 2014.

Conocen bien la realidad de la Reconquista de Vigo los que han estudiado a conciencia este acontecimiento histórico. Saben perfectamente cuál fue el sentir popular del Vigo del momento. Son conscientes que, si se levantaron fue, primero de todo, en defensa de la unión sagrada del Altar y del Trono. Porque el ejército francés no representaba simplemente una invasión, sino la internacionalización del liberalismo y el intento de dar paso a la revolución liberal en España. Tal es así que los liberales más exaltados (y también no pocos moderados) no dudaron en apoyar a los invasores franceses. Tan cierto es esto que, de la misma forma que el pueblo reaccionó con firmeza y contundencia contra los franceses que venían a imponer la revolución, tan sólo diez años después, ese mismo pueblo, recibiría con honores y sin oposición alguna a otro ejército francés, a los Cien Mil Hijos de San Luis que, en este caso, venía a restaurar el Antiguo Régimen en España. 

Cayetano de Parada y Pérez de Limia, el alcalde de Bouzas. Hidalgo natural de Ginzo de Limia, fue un acérrimo contrarrevolucionario que se levantó en armas con 65 años. A pesar de ello, cuando le aconsejaban que descansase, él siempre respondía: «Como soy tan viejo como creyente, si con los míos no perezco en la empresa, poco me quedará para descansar». Años después se volvería a levantar alistado en las guerrillas ultrarrealistas.

Esta es la verdad sobre la Guerra de la Independencia y en la Reconquista constatamos que se cumplen a la perfección los motivos que llevaron al levantamiento de la ciudad. De hecho, en el caso de Vigo, quiénes organizan el levantamiento eran casi todos contrarrevolucionarios. Desde don Juan Rosendo Arias (el Abad de Valladares) hasta el principal cabecilla de la Reconquista, Cachamuíña, que sufrió multas y hasta la prisón durante los períodos constitucionalistas por su oposición a estos. Desde el alcalde de Bouzas Cayetano de Parada, hasta el alcalde de Vigo Francisco Javier Vázquez Varela. Todos ellos se levantaron en defensa del Altar y del Trono. Todos ellos se levantaron contra el liberalismo. Es injusto, pues, disfrazar esta realidad histórica y camuflar los verdaderos impulsos que llevaron a este hecho.

A la izquierda un retrato de Buenaventura Marcó del Pont, en la imagen central, un plano de la Concatedral de Santa María que él reconstruyó y a la derecha, un grabado del Cristo de la Victoria que Marcó del Pont donó tras la Reconquista.

Por último, cabe destacar el papel que tuvo la familia Marcó del Pont durante esta contienda y que muestra que los motivos que provocaron la Guerra de la Independencia fueron los mismo que llevaron a la Primera Guerra Carlista. Así, los Marcó del Pont participaron activamente en la Reconquista. Buenaventura, el padre, ya anciano, reconstruyó la Concatedral de Santa María de Vigo y donó la talla de la principal imagen de devoción local: El Cristo de la Victoria; llamado así por la victoria del pueblo vigués sobre los revolucionarios franceses. También, la familia Marcó del Pont financió a la Regencia de Urgel, a los Cien Mil Hijos de San Luis, a los agraviados catalanes (los primeros en gritar el «¡Viva Carlos V!») y a la Causa Carlista. Juan José Marcó del Pont (Ministro de Hacienda de Carlos V y que da nombre al joven círculo carlista vigués) directamente arruina su fortuna familiar en favor de la Causa y muere exiliado y su hermano, Manuel María, fue mártir de la Tradición, pereciendo en el combate durante la Primera Guerra. Pero es que además, otros de sus hermanos también habían combatido en la América española en contra de las independencias. ¿A qué concluimos con esto? A constatar, con un hecho histórico, la Reconquista de Vigo y con el ejemplo de una familia, los Marcó del Pont, la correlación que hay del carlismo como continuación y misma expresión de las causas profundas que provocaron el levantamiento de los españoles en la Guerra de la Independencia. Por lo tanto y en honor a la verdad, esperemos que en la ciudad de Vigo tengan todo esto en cuenta cuando realicen la representación de la Reconquista, pero me temo que se seguirá ocultando la realidad de este acontecimiento.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Mártires de la Tradición en Vigo

S.M.C Don Carlos VII, al instituir en 1895 la Fiesta de los Mártires de la Tradición recomendó «procurar sufragios a las almas de los que nos han precedido en esta lucha secular, y honrar su memoria de todas las maneras imaginables, para que sirvan de estímulo y ejemplo de los jóvenes y mantengan vivo en ellos el fuego sagrado del amor a Dios, a la Patria y al Rey». Con esas indicaciones, desde el Círculo Tradicionalista Juan José Marcó del Pont invitamos a asistir a la Misa por los Mártires de la Tradición, que tendrá lugar en Vigo el próximo domingo 18 de marzo, a las 19:30 h. en el Monasterio de La Visitación de las Salesas Reales.


martes, 20 de febrero de 2018

Blasfemias y escarnios que claman al Cielo. Pretendidas cuestiones de sentimientos

El Carnaval que padecemos en nuestros días de laicidad oficial ha producido un nuevo caso de desgraciado y escandaloso crimen contra la Religión verdadera. En concreto en Santiago de Compostela, en la Plaza del Toural desde el bancón del Pazo de Bendaña, en uno de los actos del llamado “Pregón do Entroido” organizado por el Ayuntamiento de Santiago de Compostela, un sujeto que la prensa llama “Carlos Santiago” ha proferido graves, públicas y escandalosas blasfemias contra la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, contra el Santo y Venerable Apóstol Santiago el Mayor, contra la Santa Madre Iglesia, contra las Sagradas Escrituras, contra la Santa Tradición de la Iglesia, contra el Santo Magisterio de la Iglesia, contra el Sagrado Tiempo Litúrgico de Cuaresma, contra los Sacramentos y contra las Santas Leyes de la Iglesia, Católica Apostólica Romana.


Estas blasfemias y escarnios han sido grave, pública y escandalosamente defendidas por el Alcalde de Santiago de Compostela, Martiño Noriega Sánchez, y por la Concejal de Turismo del mismo Ayuntamiento, Marta Lois González.

Desde la Comunión Tradicionalista del Reino de Galicia expresamos nuestra repulsa y denuncia contra tan graves y ofensivos actos de impiedad pública, que lamentablemente siguen impunes a causa de la laicidad legal y oficial del sistema constitucionalista liberal. Nos sorprende y apena la forma extraña que adoptaron las denuncias  que necesariamente hubieron de hacerse por parte de diversas autoridades, instituciones y medios de información. En concreto que ninguno de los comunicados y comentarios públicos de condena (o en su caso de protesta) se dirigieron a condenar, denunciar  y/o lamentar que las principales víctimas o sujetos pasivos de los relatados crímenes habían sido precisamente Dios, la Santa Iglesia, la Virgen y los Santos. Creemos que esta falta injustificada ha sido así en tanto en cuanto los comunicados de condena se han limitado a decir que las blasfemias y escarnios han dañado, no ya ni tan siquiera a las personas, sino a los sentimientos religiosos que sin duda admirablemente albergan algunos, señaladamente, católicos y personas de buena voluntad, pero que dejan a la denuncia debilitada y limitada, además de cortar la posibilidad de obtener de Dios el desagravio público que exigen los referidos crímenes.

La Fe no es un sentimiento emergente del subconsciente que expresa la necesidad de lo Divino, sino la recepción consciente y voluntaria de la Revelación, tal y como ésta se presenta al hombre en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición. Si los actos blasfemos solamente se condenan porque han ofendido los sentimientos religiosos de un determinado grupo de personas, la causa final de la repulsa termina siendo que un colectivo ha sido ofendido. Esto determina claramente que una condena basada en sentimientos se limite inevitablemente a una mera cuestión de pluralismo o de convivencia humana sin trascender el eminente, evidente y principal carácter de crímenes de dimensión sobrenatural. 

Además de debilitar la posición de los derechos de Dios y de su Iglesia, aludir a una supuesta ofensa de sentimientos religiosos, reduce la reclamación a una cuestión que tiene que ver con lo ofendidos que se sientan algunos y no con la ofensa en sí misma, considerada con toda su carga de injusticia objetiva contra Dios y su Iglesia y que exige una reparación pública, adecuada y proporcionada.

En cambio si se refiere la denuncia a lo principalmente dañado, que es la Fe Católica, la cuestión se reconduce hacia su naturaleza y contenido objetivos y no hacia uno variable y limitado, e incluso en su caso, discutible objeto como es la mayor o menor intensidad de los sentimientos religiosos. Para una reconducción natural de la denuncia de estos delitos contra la Religión, es preciso señalar que precisamente son eso, delitos contra la Religión, no delitos contra los sentimientos religiosos. Porque, de ampararse los católicos en ese supuesto derecho, del mismo modo, podrían hacerlo también falsas confesiones y doctrinas. Esta penosa y errónea reducción que pretenden las denuncias acaba en un callejón sin salida, puesto que los conceptos legalmente instituidos de libertad religiosa, de libertad de conciencia o de libertad de expresión, pueden ser hábilmente alegados tanto por los criminales como por denunciantes de los crímenes. Esto es así tanto en virtud de nuestra penosa Constitución como en virtud de la Ley y de la siempre evolutiva y darwiniana Jurisprudencia que las interpreta.

Si queremos defender la Religión habremos de hacerlo sobre todas la cosas y no en base a nuestros sentimientos. Debemos exigir leyes penales justas y hacer desagravio público, puesto que una ofensa pública requiere una reparación pública. Denunciamos el “sentimentalista” artículo 525 del nefasto Código Penal vigente y es de aplicación hoy día bajo nuestra república coronada e impía y ponemos en contraste, por ejemplo, la concreta y determinada redacción de los artículos 130, 133, y 481.1 y 2 del Código Penal de 1875 bajo el Reinado de Carlos VII que fueron aplicables en casos como este en la Monarquía Católica:

1) EL INOPERANTE, RELATIVISTA, SENTIMENTALISTA Y SINCRETISTA CÓDIGO PENAL DE 1995, TAMBIÉN LLAMADO CÓDIGO PENAL DE LA DEMOCRACIA:

En el Libro II “Delitos y sus penas”, Título XXI “Delitos contra la Constitución”, Capítulo IV “De los delitos relativos al ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas”, Sección 2.ª “De los delitos contra la libertad de conciencia, los sentimientos religiosos y el respeto a los difuntos”:

Artículo 525:
1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.
2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.

2) EL CÓDIGO PENAL DE 1875, FELIZMENTE INSPIRADO EN LA TRADICIÓN CATÓLICA:
En el Libro II “Delitos y sus penas”, Título I “Delitos contra la religión”:

Artículo 130. Serán castigados con la pena de prisión correccional:
1º El que inculcare públicamente la inobservancia de los preceptos religiosos.
2º El que con igual publicidad se mofare de alguno de los Misterios o Sacramentos de la Iglesia, o de otra manera excitare a su desprecio.
3º El que habiendo propalado doctrinas o máximas contrarias al dogma católico, persistiera en publicarlas después de haber sido condenadas por la Autoridad eclesiástica.
El reincidente de estos delitos será castigado con el extrañamiento temporal.

Artículo 133. El que con palabras o hechos escarneciere públicamente alguno de los ritos o prácticas de la religión, si lo hiciere en el templo o en cualquier acto del culto, será castigado con una multa de 20 a 200 duros y el arresto mayor.
En otro caso se le impondrá una multa de 15 a 150 duros y el arresto menor.

En el Libro II “De las faltas”, Título I: 
Artículo 481. Serán castigados con las penas de arresto de uno a diez días, multa de 3 a 15 duros y reprensión:
1.º El que blasfemare públicamente de Dios, de la Virgen, de los Santos o de las cosas sagradas.
2º El que en la misma forma con dichos, con hechos o por medio de estampas, dibujos o figuras cometiere irreverencia contra las cosas sagradas o contra los dogmas de la religión, sin llegar al escarnio del que habla el art. 133.

Por último pero no menos importante, son esenciales las oraciones de desagravio, que son muy numerosas, pero que entre ellas señalamos especialmente tres que podrían servir al efecto de comprender y reparar, atrayendo la Justicia y la Misericordia de Dios hacia nuestra Patria.

La primera es una oración a Cristo Rey, que recogemos de un Misal anterior al Concilio Vaticano II y que aconsejamos rezar uniéndonos al Corazón de Jesucristo:

Oh Cristo Jesús, os reconozco como Rey universal. Todo lo que ha sido hecho ha sido creado por Vos. Ejerced sobre mí vuestros derechos.
Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.
Divino Corazón de Jesús, os ofrezco mis pobres acciones para obtener que todos los cristianos reconozcan vuestra sagrada Realeza y que, así, el reinado de vuestra paz se establezca en el universo entero. Así sea.

La segunda es una oración que nos enseñó la Virgen Santísima cuando se apareció en Fátima a tres humildes pastorcillos, pidiendo reparación a su Inmaculado corazón y al Divino Corazón de su Hijo por los pecados de los hombres:

Oh Jesús mío, perdonadnos, libradnos del fuego del infierno, llevad al Cielo a todas las almas, principalmente aquellas que más lo precisaren.

La tercera oración es una de las que el Ángel de Portugal les enseñó a los tres pastorcillos de Fátima para desagraviar a la Santísima Trinidad, tan ofendida por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los que Jesucristo es ofendido:

Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.

viernes, 2 de febrero de 2018

Gallaecia, la primera monarquía católica de la Historia

Requiario fue rey de los suevos entre el año 448 y 456. Proclamado rey tras la muerte de su padre Reqhila, ascendió muy joven al trono. Las fuentes hablan de él como el primer monarca católico, anticipándose medio siglo al franco Clodoveo y más de un siglo a la conversión de Recaredo.


Se ha discutido si se trató de una conversión personal o si tenía intención político-religiosa en toda la monarquía sueva de Gallaecia. Si tenemos en cuenta la división interna de la monarquía a causa del paganismo de un sector importante de ésta, frente a la nueva tendencia emprendida por Requiario, la relación entre el catolicismo del monarca y la oposición a su toma de poder define un supuesto: el que la conversión se haya producido con anterioridad a su ascenso al trono. Sea cierta o no esta teoría (ya que no hay un acuerdo entre los historiadores) es, sin embargo, una probabilidad más que considerable teniendo en cuenta la política posterior nada más llegar al trono e incluso ya la que tenía su propio padre y antecesor Reqhila. Por lo tanto, debemos decir que no se trató de una simple conversión personal, sino que Requiario tenía una intención de continuidad y vinculación con la romanidad. Es curioso este fenómeno porque vemos como, demorándose el Imperio Romano, el catolicismo ejerce como nexo para el nuevo Imperium sine fine que supone la Iglesia y comprobamos cómo la romanización y el vínculo con Roma se realiza, principalmente, a través de la conversión al catolicismo. Será la base que conformará la Christianitas maior medieval.

La conversión de Requiario adquiere significado en el contexto de la política emprendida por éste y que llevará al reino suevo a su máxima cota de poder. Su ambicioso plan de expansión, que continúa la línea que ya había iniciado su padre, consigue someter bajo el poder suevo a gran parte de la península. Bajo Requiario el reino suevo llega a un periodo de cierta madurez, con un conocimiento de la realidad geopolítica de la península y un proyecto desplegado a tal efecto. Así, si su padre había ceñido sus campañas a la Lusitania y Bética, él las continuará por la Cartaginense, la Tarraconense y el Norte peninsular, desarrollando además una actividad diplomática y de establecimiento de alianzas, como su boda con la hija de Teodomiro o su alianza con los bagaudas en la Tarraconense, al tiempo que numerosos contactos lo relacionan con el gobierno imperial, que ve cómo los suevos se internan en las provincias que se encontraban bajo su autoridad.


Retomando con su conversión podemos entender ésta, como anteriormente hemos señalado, como una pretendida adhesión a Roma. Decisiones destacadas de su reinado como es la referente a la emisión de moneda, destacándose como el primer rey suevo del que se tiene constancia una acuñación propia, además de la capacidad de asimilación de las formas romanas, manifiestan un mensaje político que se ha identificado con el deseo de presentarse como heredero legítimo del poder romano y de vincularse con éste. Por lo tanto, paso al cristianismo debió tener un idéntico sentido, de tal forma que estaríamos ante dos manifestaciones de un mismo proyecto político, pretendiendo caracterizar a la monarquía sueva como continuadora del poder romano. Sería una decisión totalmente acorde con las circunstancias que rodean a este pueblo, especialmente con la fase de consolidación alcanzada por la monarquía, que le obliga a definirse y dotarse de legitimidad frente a los poderes externos, pero también frente a los internos. El catolicismo, en cuanto elemento perteneciente al bagaje cultural romano, da un sentido político a la monarquía que desea vincularse con la tradición romana. Así pues, parece ésta la verdadera dimensión de este episodio, cuyo trasfondo viene determinado por el profundo grado de identificación alcanzado entre el cristianismo y la tradición latina. 

sábado, 16 de diciembre de 2017

El régimen franquista no fue tradicionalista

En el pasado número de VERBO tuve ocasión de leer un erudito y bien estructurado artículo de Gonzalo Fernández de la Mora titulado España y el Fascismo. Tanto lo polémico del tema como la calidad de su tratadista me hicieron leerlo con avidez. Su lectura me ha inspirado varias acotaciones —aplausos y discrepancias— que me creo autorizado y aun obligado a resumir en estas mismas páginas, máxime viendo citado en apoyo de su conclusión mi libro Tradición o Mimetismo junto con el reciente de Raúl Morodo sobre los orígenes ideológicos del franquismo.


Anticiparé que en las dos primeras partes del artículo (Falange y Fascismo, y Régimen de Franco y Fascismo) experimenté una amplia comprensión y apoyo en lo que a su motivación e intencionalidad se refiere, aunque haya de expresar reservas en cuanto a las tesis sustentadas. Y que esta discrepancia se acentúa en lo que se refiere a la tercera parte o conclusión del trabajo, que podría titularse «Régimen Nacional y Tradicionalismo».

El término fascismo, al margen del completísimo análisis semántico que realiza Fernández de la Mora, ha llegado a significar en nuestros días «el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno» (al igual que la democracia ha pasado a significar «el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno»). Cuando hoy se quiere aludir al carácter cruel, criminoso, perverso de una persona o de un hecho se le califica, con toda naturalidad, de fascista.

Y, ciertamente, cuándo se aplica hoy con esta, resonancia el término fascista al Régimen de Franco la protesta surge espontánea, airada. Sobre todo si se considera qué la injuria se hace desde esta bendita democracia que padecemos, y que en los treinta y tres años de franquismo —una vez liquidada la guerra— se derramó menos sangre que en un solo mes de este glorioso «Estado de derecho». Incluso se siente impulsos de defender de ese dicterio al propio fascismo, aun en sus peores excesos de la guerra mundial. Habida cuenta de que comparar los llamados crimines del fascismo con los que ha cometido el marxismo en las cinco partes del mundo, es como comparar el lago de Sanabria con el Océano Atlántico.

Ahora bien, si resulta fácil eximir al Régimen de Franco del dictado de fascista en cuanto éste se emplee en ese sentido infamante, no lo es en absoluto si se dice fascista en su acepción originaria. Afirmar que el falangismo primero y el Régimen de Franco más tarde nada tuvieron en común con la inspiración fascista de los años treinta es ir demasiado lejos, con el riesgo subsiguiente de que «quien demuestra demasiado no demuestra nada». Por supuesto, si se apela al testimonio de sus propios autores o protagonistas ---José Antonio y Franco en estos casos— siempre se encontrarán protestas de originalidad y de no dependencia, pues que jamás se conoció protagonismo alguno que declare ser imitación o remedmio de lo que se hace en otras partes.

Si por fascismo entendemos —como notas más salientes— los movimientos políticos que subliman e hipostasían una realidad histórica —la Nación, el Estado, la Raza— y que rinden culto a la persona de un Jefe, Héroe o Conductor como encarnación de aquella realidad, resultará difícil excluir del mismo al falangismo y al régimen franquista, al menos en su primera época.

En cuanto al falangismo —y a su paralelo las JONS— no fue la originalidad la más saliente de sus cualidades, por más que no faltase a sus fundadores vis creadora y espíritu poético. Pero si se comparan con los fascismos de la época, encontraremos la misma exaltación nacionalista —que hipostasía a España como unidad absoluta—, idéntico imperativo revolucionario, la misma simbología de camisas de uno u otro color y de brazos en alto, el mismo culto casi religioso-pagano al Fundador y Jefe Nacional, etc. etc.

En sus primeros años previos a la guerra, los falangistas eran comúnmente conocidos en España como «los fascistas», por sus propios afines. Bien es verdad que la psicosis y la presión pro-fascista era muy fuerte en nuestra patria como reacción contra la descomposición política que presidía aquella democracia republicana. Ya hubo intentos anteriores de canalizar esa tendencia fascista —como el «Nacionalismo Español» del Dr. Albiñana—, y la misma Acción Popular (democracia cristiana) sufrió un alto grado de «fascistización» en sus Juventudes (JAP) que iniciaron un más o menos tímido culto al Jefe (1).

Del alzamiento Nacional de 1936 es de lo que no puede decirse sin grave error que fuera fascista. Como fenómeno histórico muy amplio y profundo unió en sí diversas motivaciones, una de las cuales fue la psicosis fascista representada por el falangismo. Pero un movimiento sin más de tres años de historia no puede explicar los sacrificios y el denuedo de aquella cruentísima lucha. Fueron motivos religiosos y nacionales muy profundos los que pueden explicar la compleja realidad del alzamiento y guerra de España.

Cosa distinta ha de decirse del Estado Nacional que nació de aquella coyuntura bajo la égida de Franco y por iniciativa principalmente de Serrano Súñer. Pretender que su montaje no tuviera inspiración fascista es algo que no puede sostener seriamente nadie que tenga edad para haberlo visto o conocido por vivencias muy cercanas. No hablemos del Partido Único ni del culto al Caudillo, institución casi única en aquellos primeros años, ni de la escenografía uniformada del Estado, ni de los saludos a la romana y de las auras imperiales. Refirámonos sólo a sus instituciones concretas: el Consejo de FET era el Gran Consejo Fascista, los flechas (milicias infantiles) eran los «bolillas» italianos, la Obra Sindical «Educación y Descanso» era el «Dopolavoro» italiano o la «Fuerza por la Alegría» alemana, el «Auxilio Social» era el «Auxilio de Invierno» alemán, etc. Cuando en 1939, recién acabada la guerra, el Conde Ciano visitó España en nombre del Duce, en su despedida en Barcelona pudo hablar, sin protesta de nadie, de «los dos países fascistas que guardan el Mediterráneo».

Toda esta concepción totalitaria del Estado y su expresión descaradamente fascista subsisten desde 1937 hasta 1946. Durante la guerra mundial el régimen no fue neutral sino «no beligerante» dentro de la órbita del Eje a cuya propaganda sirvió la prensa y la radio nacionales. Sólo cuando resultó derrotada Alemania —en el discurso de mayo de 1946— dio Franco marcha atrás en sus posiciones pro-fascistas para invocar aspectos católicos y no-racistas que podían marcar distancias con los regímenes desaparecidos.

En mi experiencia personal puedo espigar un recuerdo muy significativo que, casualmente, me es posible documentar. Al término de la guerra de España (abril de 1939) entré yo como oficial de un Tercio de Requetés en Valencia, zona en la que existieron siempre bastantes carlistas. El, nuevo Estado creó allí un diario titulado LEVANTE, como órgano oficial de FET, es decir, del Partido Único; periódico que prácticamente monopolizaba la prensa de la región. Su nivel de «fascismo» (de mística imperial y de culto caudillista) era tal, que me hacía ruborizar ante aquellas gentes que conocían por vez primera la anhelada España Nacional y que miraban atónitos aquella realidad política que, a sus ojos, advenía con nosotros. Tales eran las cotas de demencialidad fascista que guardé —y conservo hasta hoy— una muestra, en la certeza de que constituiría en el futuro una pieza antológica. Se trata de un artículo —uno entre mil— titulado Franco, Franco, Franco: ¡¡Arriba la Revolución!! Lo firmaba Maximiano García Venero y apareció en dicho diario el 8 de agosto de 1939. Algunos de sus párrafos más inspirados decían así:


«Este español es el César, el Capitán de España. Es el elegido: el superhombre de la filosofía nietscheana. Es el que interpreta la voluntad telúrica e histórica de la Patria, recobrada a sí misma, instintivamente, biológicamente, después de un paréntesis de semi-agonía, de medio-muerte. Franco no se alza. Lo que se yergue —por encima de Europa, sobre el Mundo— el 18 de julio de 1936 es la misma España. A través de un hombre. De un Caudillo. De un Capitán. De un César. (...)

«La protesta de España resúmese en la fuerza portentosa, genial, impar y decisiva de Francisco Franco, Capitán primero, y después, César. Napoleón era un instrumento de la fuerza francesa. Como Bismarck lo era de la fuerza prusiana. Franco no es el instrumento: Franco es la fuerza misma. Sin el Capitán y César, España sería hoy, política y nacionalmente, polvillo sideral en el Mundo, colonia o protectorado (...).

«España es Imperio. O no es nada. España es la expresión histórica del Mundo. Es la clave del Universo. Es la cifra más elevada de la Civilización. España —¡hermanos!— es el pueblo entre los pueblos, la suprema Unidad espiritual del Universo (...)

«Por lo que Franco ha hecho, hace y hará —¡hermanos!— en él se resume la consigna que España sirve desde hace tres años. Disciplina, Lealtad, Unificación, Alegría, Servicio y Sacrificio (…)

«Son estas las horas de la grave, densa y maravillosa vigilia del César, del Padre, del Caudillo, del Capitán, de Franco, que nos conduce en la Revolución Nacional-Sindicalista, como nos llevaría José Antonio. De quien es hermano nuestro César en la Inmensidad y grandeza de la Historia de nuestra España Imperial».

Y si esto no es fascismo, ¿qué es fascismo? De esta o similar literatura pretendióse nutrir a los espíritus de la generación que crecía en aquella dura post-guerra, más necesitada que ninguna otra de una orientación religiosa, histórica, política.

Por supuesto, toda la prensa del carlismo, sus círculos, sus emisoras, etc., quedaron incautadas por el Partido Único desde 1937, y puestos al servicio de esta exaltación delirante (2). Y no sólo la carlista sino todo órgano de expresión de tipo tradicionalista, aunque se moviera en un plano cultural o histórico; buen ejemplo de ello fue la supresión radical de la revista Acción Española. Tal ayuno político, duró por lo menos diez años, período suficientemente largo como para haber borrado las huellas del verdadero alzamiento y haber «perdido la paz».

Y aquí llegamos a la sorprendente afirmación con que Fernández de la Mora concluye su trabajo, y respecto a la cual he dicho que mi discrepancia es mayor. «El Estado nacido el 18 de julio de 1936 y reemplazado en 1978 —dice— no se explica ni como un fascismo ni desde el fascismo; se explica desde el tradicionalismo español que en la edad contemporánea representan Balmes, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Mella y Maeztu con su grupo de «Acción Española». Las raíces de esta concepción de la sociedad y del Estado pasan por los grandes juristas y pensadores españoles del siglo XVI y se remontan a los teóricos castellanos medievales».

¿Puede alguien descubrir en el Estado franquista —especialmente en su primera década—, dirigista, de una pieza en sus instituciones, antiforal, caudillista, una realización del tradicionalismo español? La conclusión parece inverosímil, pero encierra además un aserto de extraordinaria gravedad en sus consecuencias. Si se trata de historiar o de explicar ideológicamente un fracaso —porque fracaso ha de ser lo que así ha terminado, lo que, en expresión del propio autor, ha sido tan fácil desmontar con la simple desaparición de su Jefe—, ¿con qué fin se pretende involucrar en él nada menos que al tradicionalismo español desde su raíces medievales?

Voy a prescindir, sin embargo, de las innumerables razones que apoyan mi disconformidad con esa conclusión para fijarme en aquellas otras que podrían acercarme a ella, dado que, paradójicamente, Fernández de la Mora apela al testimonio de mi libro Tradición o Mimetismo (3) para avalar su tesis. En efecto, no puede negarse —y lo recojo en ese libro— que varias de la Leyes Fundamentales del Estado Nacional —sobre todo en su segunda redacción— recogen una inspiración tradicionalista, de modo especial en lo referente a la unidad religiosa, a la admisión de una «ortodoxia pública» y a la representación orgánica y corporativa. Principios generalmente no desarrollados por el franquismo y a menudo desvirtuados por una praxis contradictoria, pero que no dejaron de estar ahí y de ejercer una función al menos regulativa y levemente orientadora.

Esto, sin embargo, no desmiente la impronta fascista o totalitaria del régimen, hecho histórico de toda evidencia. Fue más bien efecto de una curiosa carambola doctrinal y práctica, en parte recogida en las últimas líneas del artículo que comentamos. Todo fascismo —he dicho— reivindica una realidad histórica —Nación, Raza, Estado— para después sublimarla e hipostasiarla como elemento primigenio. Generalmente fueron preferidas reivindicaciones remotas, que —según un consejo de Maquiavelo— pueden despertar entusiasmos confusos pero sin atar al gobernante actual con normas jurídicas o cuestiones de legitimidad. La Italia de Mussolini pudo reivindicar como propia la tradición del Imperio Romano porque Roma se sitúa en su territorio. La Alemania de Hitler reivindicó el germanismo remoto, la raza aria, exaltados antes por Fichte, Nietzsche, etc.

En España no resultaba posible reivindicar ninguna tradición precristiana. Nuestra latinidad era tributaria de Roma; nuestras glorias remotas, como Numancia y Sagunto, eran meramente locales y contradictorias entre sí en el motivo de sus luchas. No existía entre nosotros otra tradición nacional política que la cristiana de la Reconquista y de la posterior unidad y expansión nacionales.

Por esto mismo, la edificación de un orden político en España, aunque fuera sobre bases fascistas (y por exigencia de ellas), había de recaer forzosamente en la tradición política cristiana, única en nuestro pasado nacional. De aquí que, sin abandonar nunca en la praxis la impronta totalitaria del Régimen, su alta legislación asumiese una inspiración tradicionalista. Sin embargo, nunca reivindicó el Régimen esa inspiración por el tradicionalismo español mismo, sino sólo en función de las propias exigencias del nacionalismo. Más aún: cuando esa tradición contrariaba abiertamente a los supuestos unitarios del totalitarismo —como en la cuestión foral— era eliminada sin más. Incluso, siguiendo aquella consigna de Maquiavelo, impresa en el subconsciente de todo autócrata, la exaltación de la tradición patria procuró centrarse en el reinado de los Reyes Católicos, suficientemente lejano, y no en la continuidad monárquica del antiguo régimen hasta la Revolución que hubiera creado unos imperativos sucesorios. (Recuérdese que se hizo oficial el escudo de los Reyes Católicos).

En mi libro Tradición o Mimetismo recojo, efectivamente, esa indirecta influencia del tradicionalismo en las Leyes Fundamentales del Régimen. Acepto esta influencia como favorable, en tanto constituyó una restauración de la ortodoxia pública cristiana frente al régimen de voluntad general de la democracia. Deploro, en cambio, que la falta de desarrollo de aquellos principios malograse la praxis del Régimen y contribuyera además al desprestigio ante la opinión común de aquellas inmovilizadas instituciones. Quizá mi intención era la contraria a la que parece inspirar a Raúl Morodo en su libro, que es más bien buscar las raíces de aquel régimen para salvar de sus errores a nuestra renacida y fructífera democracia.

Fue Menéndez Pelayo quien evocó «aquella España —la que el mundo conoce—, única cuyo solo recuerdo tiene virtud bastante para retrasar nuestra agonía». Quizá sea ese solo recuerdo de la tradición española en las Leyes Fundamentales lo que permitió al Régimen de Franco subsistir durante casi cuarenta años, haciendo posible en ellos la reconstrucción, al menos económica, de nuestra patria.


(1) Recordemos el grito ¡Jefe, Jefe, Jefe! en la concentración de Mestalla, y la famosa consigna «el Jefe no se equivoca nunca».

(2) Está realizando una completa historia de las relaciones del Tradicionalismo con el Régimen de Franco Manuel de Santa Cruz en su obra: Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español (1939-66), apartado 1288, Madrid, 1979, de la que han aparecido seis Volúmenes.

(3) Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1976.


Fuente: Sobre la significación del régimen de Franco, por Rafael Gambra. Revista VERBO, número 189-190 (1980).