jueves, 25 de mayo de 2017

Los judíos según la doctrina cristiana


Ya en el Nuevo Testamento, la doctrina cristiana sobre los judíos es muy clara. En cualquier caso, ningún católico puede creer nada que vaya contra el sentir unánime de los Santos Padres.

“Entonces le respondieron algunos escribas y fariseos: ‘Maestro, queremos ver una señal de Ti’. Mas Él, respondiendo, les dijo: ‘una raza malvada y fornicaria solicita una señal, y no le será dada una señal, sino la señal de Jonás el profeta” Mt. 12, 38-39

Pues bien, todos los Padres de la Iglesia manifiestan unánimemente el mismo sentir respecto a los judíos. Veremos también que el Magisterio conciliar y pontificio reitera la misma enseñanza, como no podía ser de otra manera.

Harían falta muchos libros para recopilar todo lo que los Padres dicen contra el pueblo deicida. Veamos sólo unos pocos de los textos más importantes.

San Juan Crisóstomo, Padre y Doctor de la Iglesia, proclamado por San Pío X patrón de todos los predicadores católicos del mundo, es el más importante de los Padres Orientales; aparte de que a ningún judaizante actual le agradaría lo que San Juan dice en cada una de sus obras sin contradecirse, nos ha dejado nada menos que ocho extensas homilías contra los judíos. Veamos algunos fragmentos:

“Siempre que el judío os dice a vosotros: fueron los hombres los que nos hicieron la guerra, fueron los hombres los que conspiraron contra nosotros; contestadles: los hombres no os hubieran hecho la guerra si Dios no lo hubiera permitido.”

“Mi verdadera guerra es contra los judíos… los judíos han sido abandonados por Dios, y por el crimen de este Deicidio no hay expiación posible.” 

“Habiendo estado en Jerusalén por Pascua, muchos creyeron en su nombre, contemplando los milagros que hacía; mas Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía a todos Jn. 2, 23-24
“Pero ahora vosotros habéis eclipsado todas las maldades del pasado, pero de ningún modo dejasteis atrás el grado sumo del delito, mediante vuestra locura cometida contra Cristo. Por ello estáis ahora siendo castigados peor aún que en el pasado. Toda vez que, si ésa no es la causa de vuestra actual deshonra, ¿por qué motivo, aun siendo vosotros unos asesinos de niños, Dios se contentó con vosotros en otro tiempo y en cambio vuelve ahora la espalda a quienes llegan a tales atrevimientos? Verdaderamente está claro que os atrevisteis a un delito mucho mayor y peor que el infanticidio y que cualquier delito asesinando a Cristo”.

También entre los Padres Orientales nos encontramos con San Eusebio de Cesarea, a quien debemos gran parte de lo que conocemos sobre los cristianos de los primeros siglos. Martirizado el año 308, San Eusebio nos enseña cosas como la siguiente:

“Se pueden oír los gemidos y lamentaciones de cada uno de los profetas, gimiendo y lamentándose característicamente por las calamidades que caerán sobre el Pueblo Judío a causa de su impiedad a Aquél que han abandonado. Cómo su reino … debería ser totalmente destruido después de su pecado contra Cristo; cómo la Ley de su Padre debería ser abrogada, ellos mismos privados de su antiguo culto, despojados de la independencia de sus antepasados y convertidos en esclavos de sus enemigos en vez de ser hombres libres. Cómo su metrópolis real debería ser arrasada por el fuego. Su santo altar experimentar las llamas y la extrema desolación, su ciudad no más tiempo habitada por sus antiguos poseedores, sino por razas de otro tronco, mientras ellos deberían ser dispersados entre los gentiles por el mundo entero sin tener nunca una esperanza de cesación alguna del mal o espacio para respirar de su congoja”.

El mismo sentir es el que manifiestan el resto de Padres Orientales. Entre los Padres Occidentales, cabe citar, para no extenderse, a San Ambrosio de Milán y a San Jerónimo.

A San Jerónimo debemos la Vulgata, texto canónico oficial de las Sagradas Escrituras. Entre otras muchas cosas sobre los judíos (todas, sin excepción, en la misma dirección) él nos enseñó:

“Esta maldición continúa hasta el día de hoy sobre los judíos, y la sangre del Señor no cesará de pesar sobre ellos”.

San Ambrosio, aparte de ser el maestro de San Agustín, ha sido siempre considerado el modelo a seguir para todos los obispos católicos. Como él nos explica, la Sinagoga es:
“una casa de impiedad, un receptáculo de maldades, que Dios mismo había condenado”.

“Los judíos…tenéis como padre al Diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la Verdad, porque la Verdad no estaba en él. Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque es mentiroso y padre de la mentira” Jn. 8. 44

La Santa Madre Iglesia continuará siempre enseñando a sus hijos las mismas enseñanzas de doctrina apostólica que habían sido firmemente defendidas por los Santos Padres. Así nos adentramos en la esplendorosa Edad Media, con un doctor tan importante para los siglos venideros como San Bernardo de Claraval afirmando tajantemente: “Los judíos han sido dispersados por todo el mundo, para que mientras paguen la culpa de tan gran crimen, puedan ser testigos de nuestra Redención”.

Las mismas enseñanzas van encontrarse en los grandes santos de la Edad Media, el Renacimiento y los siglos posteriores hasta nuestros días. Entre los Doctores de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, máximo expositor de la Doctrina de la Iglesia y que debe tomarse como guía segura para todo católico, no se desvía un ápice de la doctrina de los Padres de la Iglesia sobre los judíos, ni tampoco de las enseñanzas de los santos que le precedieron.

El Aquinate, consultado por la Duquesa de Brabante sobre si era conveniente que en sus dominios los judíos fueran obligados a llevar una señal distintiva para diferenciarse de los cristianos, contesta:

“Fácil es a esto la respuesta, y ella de acuerdo a lo establecido en el Concilio general, que los judíos de ambos sexos en todo territorio de cristianos en todo tiempo deben distinguirse en su vestido de los otros pueblos. Esto les es mandado a ellos en su ley, es a saber, que en los cuatro ángulos de sus mantos haya orlas por las que se distingan de los demás”.

El deicidio no sólo fue contra Cristo en su vida sobre la Tierra, sino también contra Él consagrado en la Hostia en las habituales profanaciones que los judíos realizaban.


Pío XII, en la encíclica "Humani generis" (1950), enseña que las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino son la guía más segura para la doctrina católica y condena toda desviación de ella.

El Doctor Angélico también sostuvo doctrinalmente que:

“Los judíos no pueden lícitamente retener lo adquirido por usura, estando obligados a restituir a quienes hayan extorsionado … Los judíos por razón de sus culpas están en perpetua servidumbre, los señores pueden por lo tanto, tomarles sus cosas, dejándoles lo indispensable para la vida”. Y además: “A los judíos no se les debería permitir quedarse con lo obtenido por medio de la usura; lo mejor sería que se les obligara a trabajar para ganarse la vida, en vez de no hacer otra cosa que hacerse más avaros”.

Y respecto a la postura que los judíos tomaron hacia Nuestro Señor:

Y respondiendo todo el pueblo dijo: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos  Mt. 27, 25
“Y respondiendo todo el pueblo dijo: ‘Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos’ ” Mt. 27, 25

“Pues veían en Él todas las señales que los profetas dijeron que iba a haber […] pues veían con evidencia las señales de la Divinidad de Él, mas por odio y envidia hacia Cristo, las tergiversaban; y no quisieron confiar en las palabras de Éste, con las cuales se confesaba Hijo de Dios”.

Los concilios de la Iglesia, así como los papas,han ido siempre en la misma dirección del sentir unánime de los Padres y de los santos. Aunque podamos extraer testimonios de todos los papas de la historia que como tales se han manifestado al efecto, baste con que citemos a tres: uno a caballo entre la Antigüedad Tardía y la Edad Media (San Gregorio Magno), otro del Renacimiento (San Pío V) y otro de época moderna (Benedicto XIV).

Benedicto XIV, dejando al margen otros documentos en que trata la cuestión judía mostrándose firme en preservar lo que dice la tradición, en la encíclica "A quo primum" nos enseña:

“Los judíos se ocupan de asuntos comerciales, amasan enormes sumas de dinero de estas actividades, y proceden sistemáticamente a despojar a los cristianos de sus bienes y posesiones por medio de sus exacciones usurarias. Aunque al mismo tiempo ellos piden prestadas sumas de los cristianos a un nivel de interés inmoderadamente alto, para el pago de las cuales sus sinagogas sirven de garantía, no obstante sus razones para actuar así son fácilmente visibles. Primero de todo, obtienen dinero de los cristianos que usan en el comercio, haciendo así suficiente provecho para pagar el interés convenido, y al mismo tiempo incrementan su propio poder. En segundo lugar, ganan tantos protectores de sus sinagogas y de sus personas como acreedores tienen”.

A San Pío V le debemos, entre otras cosas, haber sido el artífice de la victoria de Lepanto y haber extendido el Santo Rosario, además de codificar el rito romano de la Santa Misa. Entre sus numerosos escritos tratando la cuestión judía, podemos citar la famosa bula "Hebraeorum Gens", de la que extraemos lo siguiente:

“El pueblo judío … llegado el tiempo de la plenitud, ingrato y pérfido, condenó indignamente a su Redentor a ser muerto con muerte ignominiosa … omitiendo las numerosas modalidades de usura con las que por todas partes, los hebreos consumieron los haberes de los cristianos necesitados, juzgamos como muy evidente ser ellos encubridores y aun cómplices de ladrones y asaltantes que tratan de traspasar a otro las cosas robadas y malversadas u ocultarlas hasta el presente, no sólo las de uso profano, mas también las del culto divino. Y muchos con el pretexto de tratar asuntos propios de su oficio, ambicionando las casas de mujeres honestas, las pierden con muy vergonzosos halagos; y lo que es más pernicioso de todo, dados a sortilegios y encantamientos mágicos, supersticiones y maleficios, inducen a muchos incautos y enfermos a los engaños de Satanás, jactándose de predecir el futuro, tesoros y cosas escondidas… Por último tenemos bien conocida e indagada la forma tan indigna en que esta execrable raza, usa el nombre de Cristo, y a qué grado sea dañosa a quienes habrán de ser juzgados con dicho nombre y cuya vida pues está amenazada con los engaños de ellos”.

“Y decretamos que (estas doctrinas) quedarán PERPETUAMENTE en vigor, y bajo conminación de juicio divino ordenamos y mandamos que también en el futuro todo sea observado firmemente” San Pío V, bula "Romanus Pontifex", sobre los judíos

Citemos, por último, a San Gregorio Magno, por haber conjugado en su persona el ser el último de los Padres latinos y Papa a la vez. Puesto que ahora hay quien cree que los judíos son hermanos en Abraham, no está de más traer a colación la siguiente enseñanza:

“Si nosotros, por nuestra fe, venimos a ser hijos de Abraham, los judíos, por su perfidia, han dejado de serlo”.

Lógicamente, también los concilios, tanto locales como universales, siempre que se han pronunciado sobre el problema judío, lo han hecho homogéneamente con las enseñanzas de los Padres, Doctores y Sumos Pontífices.


“Y respondiendo Pedro y los Apóstoles, dijeron a los judíos: Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestro padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, poniéndole en un madero” Act. 5, 29-30
De los concilios locales nos limitaremos a citar un par de cánones de concilios toledanos, por la particular autoridad dogmática de valor universal que la Santa Iglesia Romana siempre les ha concedido:

“… Cualquier obispo, presbítero, o seglar, que en adelante les prestare apoyo (a los judíos) … bien sea por dádivas bien por favor, se considerará como verdaderamente profano y sacrílego, privándole de la comunión de la Iglesia Católica, y reputándole como extraño al reino de Dios, pues es digno que se separe del cuerpo de Cristo el que se hace patrono de los enemigos de este Señor”.

“los judíos también mataron a Nuestro Señor Jesús y a los profetas, […]no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres” 1 Tes. 2, 15-16

“De la perfidia de los judíos. Aunque en la condenación de la perfidia de los judíos, hay infinitas sentencias de los Padres antiguos y brillan además muchas leyes nuevas; sin embargo como según el vaticinio profético relativo a su obstinación, el pecado de Judá está escrito con pluma de hierro y sobre uña de diamante, más duros que una piedra en su ceguera y terquedad. Es, por lo tanto, muy conveniente que el muro de su infidelidad debe ser combatido más estrechamente con las máquinas de la Iglesia Católica, de modo que, o lleguen a corregirse en contra de su voluntad, o sean destruidos de manera que perezcan para siempre por juicio del Señor”.

Finalmente, entre los ecuménicos, baste recordar el IV Concilio de Letrán, concilio importantísimo que definió dogmas como el Extra Ecclesiam nulla salus, la Transubstanciación o la existencia del Infierno. Este concilio, en su canon 68, es diáfano expresando cómo los judíos, "malditos de Dios, deben llevar un distintivo especial en sus ropas".


Fuente: G.P.G (Agencia FARO), 10 de Abril del 2009, Viernes Santo.

martes, 9 de mayo de 2017

No hay carlismo sin legitimismo. Si no es sixtino, no es carlista



"Bajo el título de tradicionalismo hay mucho turbio y equívoco, hasta el extremo de cobijar los que, si en su día fueron secuaces de la buena Causa, hoy andan perdidos por laberintos de liberalismo.

Sobre todo por haber olvidado que la legitimidad es la garantía del contenido ideal, algo así como el tapón precintado del vino de marca. Ya se sabe: salta el tapón y no hay quien responda del vino. Lo más natural  es que se corrompa. Carlismo, pues, de pura legitimidad, pues sin ella las ideas se corrompen. Por algo el posibilismo, que cierra los ojos a las exigencias de la legitimidad, suele ser el peor enemigo de la Causa"

(Álvaro d' Ors. Revista Montejurra nº22)

“La monarquía, como una esperanza remota, porque antes hará falta un gobierno fuerte, provisional, que reconstruya el país y que establezca una constitución para que pueda venir el rey”. Es decir, que la monarquía no es salvación, sino náufrago al que se ha de salvar. Los salvadores son ellos, un gobierno cualquiera, los más acreditados del demos, una república, el mando de muchos para restablecer la vida pública. Luego, esperanza remota…, cuando ya todo está construido, se pone como remate el adorno de un rey. ¡No sirve para otra cosa! Ese es el rey del régimen democrático constitucional y los que así piensan son revolucionarios hasta la médula aunque no lo sepan"

(Luis Hernando de Larramendi  ‘Cristiandad, Tradición, Realeza’)

"El carlismo tuvo arraigo popular gracias a su legitimismo dinástico, de tal modo que sin este hecho difícilmente hubiera aparecido en la historia española un movimiento político semejante, aunque su principal y más profunda motivación fuera religiosa. Podríamos encontrar semejanzas con otros movimientos antirrevolucionarios como la Vendée, los tiroleses de Austria o los cristeros de México. Pero estos casos, después de haber fracasado su levantamiento militar desaparecen como movimientos políticos. El carlismo, por el contrario, reaparece en la vida política española tras varias derrotas militares y largos períodos de paz en que se afirma que ha perdido toda su virtualidad. Se explica esta diferencia por el hecho de que la defensa de los principios político y religioso está íntimamente unida con la causa dinástica. Por ello Cuadrado puede afirmar que si ésta desapareciera su presencia se refugiaría “en las regiones inofensivas del pensamiento”.

Si se tratara de encontrar el medio para que desapareciera definitivamente el carlismo de la escena política española, habría que seguir aquella política que se propone desde El Conciliador. Hacer que desaparezcan las motivaciones dinásticas y de este modo se habrá conseguido que el carlismo no represente un permanente peligro de desestabilización política”.

(José Mª Alsina Roca. El Tradicionalismo Filosófico en España)


"Tal fue el caso de la tradicional monarquía española, por más que se haya querido ver en su historia una evolución constante y uniforme hacia la desaparición de las libertades y autonomías locales y sociales. Como dijimos, en poco o nada había variado de hecho nuestra organización municipal y gremial desde los primeros Austrias hasta Carlos IV, al paso que, desde la instauración del régimen constitucional, varía el panorama en pocos años hasta resultar hoy casi desconocida para el español medio la antigua autonomía foral y municipal.

La monarquía viene a ser así la condición necesaria de esa restauración social y política. Si todas las sociedades e instituciones que integraban el cuerpo social eran hijas del tiempo y de la tradición, en el tiempo y en la tradición deberán resurgir. Su restauración debe ser, necesariamente, un largo proceso. Para que se realice, se necesita de un poder condicionante que se lo permita y que las encauce y armonice en un orden jurídico. La Monarquía es la única de las instituciones patrias que puede restaurarse por un hecho político, inmediato; y ella es, precisamente, ese poder acondicionador y previo. En frase de Mella,

la primera de las instituciones, que se nutre de la tradición, y el canal por donde corren las demás, que parecen verse en ella coronada"

(Rafael Gambra. La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional)

“Si esto es así, las exigencias de la restauración recorrerían un proceso inverso al que impuso la historia, y esta inversión del proceso parece imponerse en vista de la necesidad de romper, en primer lugar, las estructuras político-financieras de los poderes que dirigen la revolución y que hacen prácticamente imposible la restauración desde abajo. El poder estatal creado por la revolución es tan exclusivo, tan absoluto, que no se puede soñar con restaurar el orden social si no se comienza por poner los resortes de ese poder en las manos encargadas de la misión restauradora”.

jueves, 27 de abril de 2017

Restaurar la Cristiandad

Seguramente, todo carlista que se precie se habrá encontrado a católicos (descartemos de entrada a los modernistas porque no son tales) que, si bien simpatizan en cierta forma con nosotros, se echan atrás porque no ven factible una "vuelta al pasado", como suelen decir. Normalmente, estas personas argumentan con que no es posible volver a una sociedad como la del Antiguo Régimen y que la "nueva Cristiandad" se hará de una forma diferente. Unas veces con dictaduras, normalmente desde el Estado y siempre con influencias ideológicas de la modernidad ajenas a la anti-ideología que representa el carlismo.

Todo ésto conlleva una contradicción enorme, porque toda ideología es un subproducto de la modernidad y un sustitutivo de la religión. De la misma forma que el Estado es un sustituto de la sociedad orgánica de la monarquía cristiana. Aunque ya se sabe que estamos en una época en que la contradicción está a la orden del día y por eso no nos extraña ver a católicos tradicionales defendiendo un confesionalismo de Estado al estilo napoleónico o franquista y creer que eso es el Reinado Social de Cristo.


Pero lo peor, es que al final el pensar que "es imposible restaurar el viejo orden cristiano" implica de por sí una aceptación del evolucionismo (en un sentido social y político) y de la nefasta idea del progreso, que tantos males nos ha ocasionado y ha sido excusa de tantas herejías.

Frente a estas desviaciones, simplemente recordar lo que en su día dijo San Pío X sobre la vuelta a la civilización cristiana. Es esencial tener en cuenta las palabras del Papa Sarto sobre lo imprescindible que es reconstruir las estructuras sociales políticas prerrevolucionarias para restaurar en la Tierra el Reinado Social de Cristo: 

«… no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; … no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo».

San Pío X, carta sobre los errores de «Le Sillon» Notre charge apostolique.

domingo, 19 de marzo de 2017

No es el mundo cristiano el que se derrumba

El liberalismo individualista y ecléctico, radical y doctrinario, fué indudablemente durante gran parte del siglo, y aún lo es para algunos espíritus rezagados, el supremo ideal que pugnaba por entronizarse en los pueblos, y que explicaba con sus contiendas la convulsión de la sociedad moderna, período angustiosísimo que terminaría de un modo feliz cuando las nuevas ideas hubiesen pasado de los espíritus a los hechos y gracias a ellas Cristo bajase del altar para ceder el puesto a la razón emancipada del yugo de su Cruz.

 Mas sucedió al revés precisamente de lo que esperaban los modernos redentores de la Humanidad. El mundo por ellos combatido cayó al suelo en el orden político, manteniéndose firme en el social, a pesar de las violentas acometidas y de los sacudimientos con que trataron de remover sus cimientos seculares. En cambio, la nueva creación revolucionaria, dando muestras de la consistencia y solidez del principio racionalista que le sirvió de pedestal, no ha llegado a celebrar el primer centenario sin que ya aparezca cuarteada toda la fábrica, agrietados los muros y próxima a derrumbarse con estrépito, a pesar de haber empleado la mayor parte del tiempo, no en añadirle nuevas dependencias, sino en revocar la fachada y poner al edificio andamiaje, a fin de que pudiese prolongar su mísera existencia, retardando lo más posible el descrédito de los arquitectos. Todo fué en vano. El edificio político y económico ahí está arruinándose, como todos los edificios, por la techumbre, que es lo primero que se deteriora y destruye.

¡Cosa verdaderamente notable! La revolución política termina su evolución precisamente en el momento en que empieza a cundir por todas partes su descrédito. Diríase que Dios esperaba que los obreros de la nueva babel lanzasen el primer grito de júbilo al ver lo adelantado de su obra, para castigar su soberbia mostrándoles lo estéril y miserable de la empresa de que se enorgullecían.

Libertad de pensamiento y de palabra contra el deber de absoluta dependencia que liga al hombre con Dios; soberanía individual y colectiva contra la natural subordinación del súbdito a la autoridad legítima; libertad económica contra la relación de caridad y de justicia que liga a los fuertes y poderosos con los débiles y pobres; todas las libertades revolucionarias están ahí de cuerpo presente, demostrándonos con sus desastrosos efectos la aberración del principio que las alimenta.

 La lucha de sectas, escuelas y partidos, desgarrando los espíritus y encendiendo la guerra en la inteligencias y en los corazones; la serie interminable de oligarquías que con nombres diversos hacen pasar su voluntad tiránica por la que se suponía que había de brotar de la masa social, y, por último, la muchedumbre obrera, que dice a sus libertadores que le devuelvan la antigua reglamentación, porque tanta libertad liberal la ahoga con la argolla de la miseria; todo esto constituye el gran proceso de la revolución se forma, dándose la muerte con la piqueta con que se había propuesto no dejar en su sitio una sola piedra del antiguo alcázar, cuya belleza y majestad ni siquiera quiso comprender.

No es, por lo tanto, el mundo cristiano el que se derrumba para que sobre sus escombros se alce el paganismo restaurado.

La idea católica, a pesar de todas las propagandas revolucionarias, sigue siendo la savia de que todavía reciben las naciones la vida que les resta. Si ha perdido su influjo en los Estados, aún conserva la divina virtualidad para volver a ejercerla en tiempo no lejano con la misma eficacia de otros siglos. Lo que cae y se desmorona es el edificio liberal, apenas levantado.

Un nuevo orden social y económico, que en todo lo que encierra de bueno es la reproducción del antiguo régimen cristiano, y que en todo lo que encierra lo malo, que es mucho, es la exageración del principio liberal, cuyos efectos trata de evitar, es lo que ahora se levanta. La revolución liberal política desaparece, y se va a comenzar la social. Su triunfo será más efímero que la primera, pero no lo será la enseñanza que la sociedad deducirá de la catástrofe, porque el día en que se plantee la última consecuencia social de la revolución será el primer día de la verdadera restauración cristiana de la sociedad.

En la nueva lucha, los liberalismos individualistas y eclécticos serán apartados por los combatientes con desprecio, para que ambos adversarios puedan dirimir sin estorbos enojosos la suprema cuestión. Y es preciso estar ciegos para no ver que los nuevos y únicos contendientes serán el verdadero socialismo católico de la Iglesia, que proclama la esclavitud voluntaria de la caridad y el sacrificio, y el socialismo ateo de la Revolución, que afirma la esclavitud por la fuerza y la tiranía del Dios Estado.

Juan Vázquez de Mella, "La batalla que se aproxima" (El Correo Español, 9 de mayo de 1891).

jueves, 23 de febrero de 2017

Juan Sáenz-Díez, ejemplo de lealtad

Juan Sáenz-Díez fue un carlista gallego que nació en el seno de una familia que era propietaria del Banco Simeón, del que pronto se vería vinculado en un puesto directivo. Golpeado por el Crac de la Bolsa de 1929 de Nueva York, que presenció en vivo y en directo ya que, vivió unos cuantos años en Estados Unidos; aprovechó para conocer, de manera complementaria, el funcionamiento de la prensa norteamericana para fundar un periódico en España. Posteriormente, ya en la década de los años 30, se dedicaría al negocio de la fabricación de bombillas, siendo también presidente de "Coloniales Sáenz-Díez S.A", sociedad dedicada a artículos coloniales y ultramarinos.

Ya en los años 60 dirigió "Almacenes Simeón" y, en general, estuvo muy implicado en la empresa familiar del grupo Simeón. Con ello, contribuiría generosamente a la financiación de la Causa en su probadísima lealtad que a continuación se detalla. 


Durante la Cruzada Nacional de 1936, Sáenz-Díez formó parte de la Junta Nacional Carlista de Guerra, siendo su delegado de Intendencia. Pero, en febrero de 1937, a dos meses del fatídico Decreto de Unificación y oliéndose la artimaña militar y de los posibilistas de turno para liquidar una posible restauración legitimista, participó en la asamblea carlista de Portugal en la que se acordó que era necesario «afirmar nuestra personalidad (la del carlismo) ante el Poder Público, con todo nuestro contenido y con el acuerdo de que así hemos venido a la campaña». 

Ganada la Guerra, Sáenz-Díez fue uno de los firmantes de la Manifestación de los Ideales Tradicionalistas, que reclamaba la restauración de la monarquía tradicional. Después formó parte de la Junta Auxiliar del tradicionalismo, organización sustituta de la Junta de Guerra, fiel al jefe delegado Fal Conde y contraria al Decreto de Unificación, que en 1942 llegó a calificar al régimen franquista de «intruso y usurpador», acusándolo de haber «llevado el desgobierno y el malestar a todos los órdenes de la Administración pública y de la vida nacional». Coincidiendo con el declive del fascismo en Europa, la Junta reivindicaba la autoría del Alzamiento Nacional frente un régimen que, «contra toda razón y todo derecho, se ha impuesto bastardeando y contrariando los móviles que llevaron a derramar su sangre y a sufrir sacrificios de toda clase a tantos y tantos españoles». Ya en el verano de 1943 Sáenz-Díez fue también partícipe y firmante del manifiesto carlista Reclamación de poder, que reclamaba la restauración de la monarquía legítima y fue entregado por el General Vigón a Franco, quien haría caso omiso del documento.

Aprovechando sus conocimientos periodísticos y de prensa por su estancia en EE.UU, compró en 1936 El Correo Gallego y, en 1952, compró a título personal el diario madrileño Informaciones, el cuál terminó poniendo a disposición de la Comunión Tradicionalista. Tras la adquisición, según Manuel de Santa Cruz, «el periódico —sin ser portavoz oficial de la Comunión Tradicionalista— defendía y propugnaba en la medida legalmente posible las orientaciones carlistas». 

Habiendo cesado Manuel Fal Conde como jefe delegado de la Comunión Tradicionalista en 1955, Sáenz-Díez fue nombrado por el rey legítimo Javier de Borbón Parma miembro de la nueva Secretaría Nacional de la Comunión, junto con José María Valiente, José Luis Zamanillo e Ignacio Hernando de Larramendi. Estuvo al frente de la comisión económica de la Comunión hasta ser destituido en el cargo en 1963 por Don Javier, tras oponerse, junto con otros dirigentes carlistas, a la nueva estrategia de la secretaría del príncipe Carlos Hugo.

Tomando parte de la estrategia de cierto sector del carlismo en aquellos años con la política colaboracionista, en 1967 se presentó sin éxito en La Coruña como candidato a procurador en Cortes en representación del tercio familiar, con una campaña que pedía el voto con el eslogan: «Vota a Juan Sáenz-Díez: Portavoz en Cortes de la Economía gallega. Defensor en ellas de los valores permanentes de la Patria. Servidor siempre de los principios espirituales».

Además de su labor política y empresarial, Sáenz-Díez fue uno de los redactores de la revista Misión, en la que también escribían otros escritores carlistas como Juan Peña Ibáñez, Máximo Palomar, Fernando Polo, Rafael Gambra, Francisco Elías de Tejada, Agustín González de Amezúa y Manuel Senante.

Tras la expulsión de la familia Borbón Parma en 1968 por parte del gobierno, Sáenz-Díez manifestó su desacuerdo con la medida, así como con la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de rey. En una carta de diez folios escrita a Laureano López Rodó, fechada en 2 de mayo de 1969, afirmaba que Don Javier de Borbón Parma se había sumado, aún antes de su inicio, al Alzamiento del 18 de julio y ello le legitimaba para aspirar a la Corona.

Al producirse la división en el seno del carlismo a raíz de la expulsión de la familia Borbón Parma y los llamados Congresos del Pueblo Carlista (1970-1972), se le propuso en 1971 formar parte de la Hermandad de Antiguos Combatientes de Tercios de Requeté, organización opuesta a los Borbón-Parma, pero rehusó. No obstante, en 1972 escribió una carta a Don Javier, repudiando el programa revolucionario del recién creado "Partido Carlista" que lideraba el príncipe Carlos Hugo, sin embargo, en la misiva dejaba constancia de su lealtad a Don Javier, a quien consideraba ajeno a esa deriva y a los textos que se hacían circular en su nombre.

En 1975 fue uno de los firmantes de unas cartas a modo de ultimátum dirigidas al rey Don Javier y después a Carlos Hugo, en quien el rey acababa de abdicar por coacciones y amenazas. Al no recibir respuesta, participó en la reorganización de la Comunión Tradicionalista (1975) bajo el liderazgo de Sixto Enrique de Borbón, que nombró a Sáenz-Díez jefe delegado. Como tal, fue uno de los firmantes que la legalizaron como partido político en 1977, junto con Antonio María de Oriol, José Luis Zamanillo y José Arturo Márquez de Prado. En 1975 formó parte también de la directiva de la Hermandad Nacional de Antiguos Combatientes de Requetés presidida por el general Luis Ruiz Hernández, con el cargo de tesorero.

Como nuevo dirigente tradicionalista, Juan Sáenz-Díez fue colaborador del histórico periódico carlista El Pensamiento Navarro. En él publicó el 7 de enero de 1978 un artículo titulado Con escarnio para el pueblo navarro, en el que criticaba la decisión del Consejo de Ministros de aceptar un texto "preautonómico" para las tres provincias vascas y Navarra. No por oposición a una autonomía necesaria y reivindicada desde siempre en el "federalismo histórico" de la foralidad carlista, sino por rechazo a la artificialidad de las llamadas Comunidades Autónomas y por la absorción de Navarra por parte del nacionalismo vasco, como poco después ocurriría.

Finalmente, en 1984 Sáenz-Díez fue sustituido como jefe delegado de la Comunión Tradicionalista por Carlos Cort y Pérez Caballero. 

Sáenz-Díez moriría en Madrid, un 12 de octubre (día de la Hispanidad) de 1990.

martes, 14 de febrero de 2017

El protestantismo como germen del liberalismo

El protestantismo es el modulador del mundo moderno. Fue el origen de las monarquías absolutas que aparecieron en Europa al abrigo de su revuelta política, destruyendo la unidad orgánica de la Comunidad Política, punto de arranque del leviatán del totalitario Estado moderno. Fue el detonante de la liberación religiosa y jurídica de la usura y la rapiña que dio origen a los imperios bancarios y financieros de la plutocracia, su calvinismo fue la ética del naciente capitalismo dando carta de naturaleza a la explotación económica y al materialismo economicista. Fue caldo de cultivo del repugnante racismo holandés y británico que se evidenció en sus colonias factorías, producto de su predestinación religiosa. Colonización depredadora, imperialista y genocida.



Su fideísmo destruyó la síntesis armónica clásica de Fe y Razón, que sustentaba la civilización levantada por la inteligencia católica comunitaria. Pariendo el liberalismo y el modernismo, incubando el subjetivismo y el relativismo social. Su puritanismo rigorista asfixió a los pueblos que cayeron en sus garras, siendo padre del fariseísmo de la moralina burguesa moderna, derivando en abismo directo hacia el nihilismo más disolvente en la posmodernidad. Fue germen de la filosofía moderna desde su larvado nominalismo y su idealismo camino de secularización y laicismo. Fue senda de todas las ideologías totalitarias: marxismo y nazismo nacientes en las naciones de su suelo devastado. Fue el destructor del ethos occidental y configuró la actual Europa laica y plutocrática sobre las ruinas de la Cristiandad, a la cual dividió en honda fractura histórica, religiosa y política. El error religioso llevó al error político y este al error económico.

Dice el P. Leonardo Castellani que la frase de Rousseau que es el núcleo de toda la doctrina liberal es. “!Déjeme en paz!”…y continua “Esa obsesión de la libertad propia de un loco vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron; y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz. Los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre, la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre”.

Poder político y fuerzas económicas, siempre con la pretensión de que se “les deje en paz”, esa es la esencia del liberalismo, consagrada por la fractura teológica de la escisión entre naturaleza y gracia del luteranismo.

El mismo P. Castellani escribe: “El protestantismo fue arrojado de Austria, Italia, España y Francia en el siglo XVI gracias a los esfuerzos del Imperio Romano Germánico de Carlos V. Pero entró en esos países en el siglo XVIII y XIX disfrazado con el bello nombre de liberalismo…El liberalismo, con los falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado. Eso es lo que ha debilitado política y socialmente a las naciones católicas de Europa: la ficción del catolicismo”.

La ficción del catolicismo, es decir un catolicismo liberal, burgués que ha renunciado a su doctrina social, repetidamente enseñada por los Pontífices. Un catolicismo hueco, totalmente desnaturalizado y ajeno a su secular tradición. Un maridaje antinatural de catolicismo y liberalismo en el que muchos están empeñados, en su intento (condenado por los Papas) de reconciliar a la Iglesia con el mundo moderno.



El último episodio de este lamentable proceso es el llamado”modernismo católico”, que hoy infecta por todas partes a la Iglesia y a su teología. Intento de reducir al catolicismo a la esfera de lo privado, de la conciencia individual. Resultado final de la máxima liberal-católica “de una Iglesia libre en una sociedad libre”.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Vázquez de Mella: un gallego por afinidad, por afecto y por espiritualidad

En Madrid acaba de morir D. Juan Vázquez de Mella, ilustre hombre público, publicista, pensador, orador elucuentísimo. Por su gran modestia y por sus arraigadas creencias políticas no quiso ocupar ningún alto puesto. Sin embargo, en la consideración nacional estuvo siempre en la línea de nuestras primeras mentalidades.


Nació en Cangas de Onís, pero estudió carrera mayor en Santiago. En la biblioteca universitaria formó su espíritu y con el corazón puesto en Compostela vivió toda su vida. Por ésto, con motivo de su muerte, la prensa de aquella ciudad le ha consagrado mucho espacio, desenterrando interesantes episodios de su vida.

"Mella -dice un periódico compostelano- no había nacido en Galicia aunque muchos diccionarios enciclopédicos señalan esta su tierra como la de su nacimiento; pero era igual. Si la casualidad quiso llevarle a nacer en la región vecina, de donde su difunta madre era nativa, aquí vivió siempre, aquí se educó y de aquí se consideraba él. ¡Con qué fervor hablaba siempre de Santiago!, de sus primeros años de estudiante, de su infancia discurriendo por las calles compostelanas, de los días agitados en que bajo lo porches de la monumental Compostela discutía y libraba batallas académico-políticas, y de las horas de paz y sosiego, en la tranquilidad virgiliana transcurridos en su casa de Boimorto.


Como todo lo que se ama, también Galicia fue ingrata con Mella, pues cuando quiso representarla en Cortes, siendo ya una figura sobresaliente en la política española, le volvió la espalda. Fue en el año 1919, gobernaban los mauristas y al encasillar los diputados que habían de formar aquel Parlamento hecho a semejanza del ilustre Maura, con las organizaciones antiguas, señalaron a Santiago como lugar más adecuado para que Mella luchase con los antiguos dominadores del distrito.

Unos días antes de la elección, en vísperas ya de la fecha señalada para ella, Mella llegó a Santiago. Fuimos de los pocos que acudimos a recibirle, porque nos ligaba a él una antigua amistad. Nos preguntó nuestra impresión y sinceramente, claramente, casi brutalmente, la expusimos al amigo.

A pesar de todos los pesares, con todas las simpatías del Gobierno de entonces y todas las seguridades del ministro de Gobernación, que lo era D. Antonio Goicoechea, Mella salió derrotado. Sin embargo, Vázquez de Mella obtuvo la mayoría de los votos de Santiago. Alcanzó aquí 1495 votos mientras que su contrincante lograra 1229. Entonces, como siempre, quien dio el triunfo ha sido la población rural".

De entonces -dice el mismo periódico- conocemos un episodio que muchos ignorarán y que, sin embargo, tiene mucha gracia por tratarse de los personajes que se trataba. Un sacerdote del Ayuntamiento de Enfesta, que aún vive en el vecino distrito, hombre de arraigo en el país, era dueño de la votación de toda aquella parte. y se sabía que estaba, por razones de parentesco con personajes liberales de Santiago, del lado de éstos. Mella, que fue apercibido de eso, procuró atraerse al cura y hasta se valió del Obispo Auxiliar, su gran amigo, el señor Valbuena (q.D.h).

-Yo no haré nada, no me enteré de nada, decía como última promesa.
-Si votan por V., aún añadió, será porque sabían de mis compromisos anteriores y creerán darme gusto en ello; pero yo nada les diré para que lo hagan.
La votación de Enfesta fue favorable al contrincante del señor Mella y dio el triunfo al señor Cotarelo.
-¡Cuándo yo diga en Madrid, exclamaba luego, que he sido derrotado por un cura, no van a creerlo!".

Sus primeros pasos por la vida pública los dio Mella desde las columnas del periódico. Ya lo recordábamos ayer en una breve nota. Comenzó aquí con "Franco Leal" (Fernández Suárez) Jamardo Crisman, Tarrío, Caldelas, Gallego y Calvelo redactando "El Pensamiento Galaico". Luego fue a Madrid llamado para dirigir "El Correo Español", órgano de D. Carlos. Allí, con el maestro de periodistas D. Beningo Bolaños "Eneas", con el malogrado Cirici Ventalló que manejaba la sátira y el humorismo como pocos y sin bajar a la chabacanería, y con otros muchos compañeros, Mella escribía sus impresiones acerca de la vida política española, que eran tenidas en alto aprecio y constituían los grandes sucesos.


Aún después, cuando venía a Santiago con cualquier motivo y aquí se quedaba con propósito de estar unos días, que a lo mejor se convertía en meses, Mella no sabía pasarse sin acudir a las redacciones de los periódicos.

Recuerda un diario santiagués los grandes éxitos parlamentarios de Vázquez de Mella y dice que se hizo célebre la frase con que terminó uno de sus discursos: desgraciados los pueblos que son gobernados por mujeres y niños. Nosotros -es ahora VIDA GALLEGA quién habla- podemos evocar aquel discurso con la autoridad y la emoción de testigos presenciales.

Se debatía en el Congreso el desastre colonial, y las oposiciones batían fieramente al Gobierno de Sagasta. Presidía la cámara el marqués de la Vega de Armijo. Vázquez de Mella pronunciaba una oración llena de fuego y en lo más ardoroso de ella lanzó aquel famoso apóstrofe que se hizo célebre y que el periódico compostelano recuerda ahora.

Eladio de Lema (Faro de Vigo)
11 de marzo de 1928

martes, 31 de enero de 2017

Digitalizados un gran número de ejemplares del periódico "La Integridad"

Están disponibles en la Biblioteca Digital de Galicia (Galiciana) una gran cantidad de publicaciones del periódico carlista (integrista) "La Integridad" de Tuy. (Ir al enlace)

La Integridad fue una de las principales referencias de la prensa del tradicionalismo gallego en la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. 

El carlismo en Galicia, que experimentó un "resurgimiento" tras la tercera guerra carlista, especialmente con la vertiente integrista del gallego Cándido Nocedal, vio su creciente influencia en la sociedad gallega con la aparición y difusión de prensa que se adhería al ideario contrarrevolucionario. 



Con un perfil esencialmente católico, en sintonía con el Partido Católico Nacional (más conocido como "Partido Integrista") de Cándido Nocedal y su hijo Ramón Nocedal, se caracterizó por publicaciones de gran calidad literaria que incluía otras secciones de interés además de lo puramente católico y político.

Tuvo mucha difusión, no solamente en la comarca del Bajo Miño, sino también en otras localidades gallegas, de la España peninsular e incluso de la España americana. 


El periódico se mantuvo operativo desde 1888 hasta 1925.



martes, 24 de enero de 2017

Crónica de los actos en recuerdo de Luis XVI en París

París, 22 enero 2017, Domingo III después de Epifanía; Santos Vicente y Anastasio, mártires. El 21 de enero de 1793, en la plaza parisina de Luis XV, hoy llamada engañosamente de la Concordia, la guillotina segaba la vida del rey Luis XVI de Francia. Al hacerlo, la Revolución iniciada en 1789, y que aún debía pasar pasar por distintas fases, simbolizaba también la ruptura con el orden sacral que el rey representaba.

Contando con la aprobación de su primo el Rey Don Jaime, en 1914 el entonces Príncipe Javier de Borbón Parma y Braganza (hijo del Duque Roberto, último reinante en Parma e Infante de España), fundaba el Mémorial de France à Saint-Denys (Memorial de Francia en San Dionisio, Saint-Denis) para garantizar el ofrecimiento de Misas perpetuas por el alma de los reyes Luis XVI y María Antonieta en la Basílica de San Dionisio, necrópolis de los Reyes de Francia, según lo dispuesto en 1815 por el rey Luis XVIII. Durante muchos años el propio Don Javier presidió habitualmente la Misa solemne ofrecida el día 21 de enero, como tras él siguió presidiéndolas su hijo Don Sixto Enrique de Borbón. El Duque de Bauffremont, junto a Don Javier y Don Sixto Enrique, se ocupó de la gestión de la Obra Pía a través de una asociación que hoy gestiona su hijo.

El pasado año 2016, durante la misa (Novus Ordo, contra lo que era habitual en estas celebraciones) el abate Augustin Pic, conocido progresista, dio lectura a una salutación del "Duque de Anjou", atribuyendo tal título a un ausente Luis Alfonso de Borbón (rectius Puigmoltó) y Martínez-Bordiú, lo que motivó que S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón abandonara el acto. El Duque de Bauffremont escribió los días siguientes una carta de excusa a Don Sixto Enrique; aunque no parece que la tal excusa fuera total ni sincera, a la vista de su comportamiento anterior y posterior. A tal punto que este año invitó al tal Luis Alfonso a presidir la Misa de San Dionisio. Don Sixto Enrique, lamentando el comportamiento de Bauffremont, y sintiéndolo mucho, prefirió no acudir este año. Al final la Misa en Saint-Denis volvió a celebrarse por el rito tradicional, abandonando los cambios del año pasado, pero se vio deslucida por una extraña presidencia de Luis Alfonso Martínez y su mujer venezolana (hija del banquero chavista Víctor Vargas, para quien Luis Alfonso trabaja); ésta lució larga melena suelta, en desprecio al rito tradicional romano que se celebraba. Fue una ceremonia seguida por no demasiada gente, a la que jóvenes legitimistas franceses entregaron copias de la carta de Bauffremont a Don Sixto Enrique y la respuesta de éste, dejando claros el proceder de unos y la precedencia de otros.

Por el contrario, Don Sixto Enrique presidió primeramente la tradicional conmemoración del martirio del Rey Luis XVI en la Plaza de Luis XV (de la Concordia), a la que llegó escoltado por una treintena de carlistas tocados con la correspondiente boina roja y con las banderas rojigualda y blanca con la cruz de Borgoña, desfilando desde la Plaza de la Magdalena entre la curiosidad de parisinos y turistas y la adhesión de los no pocos que los reconocieron. La concentración estaba convocada por France Royaliste; se veía también alguna bandera de la Alliance Royale. Por France Royaliste intervino Pierre Jeanthon. A continuación Don Sixto Enrique de Borbón pronunció unas vibrantes palabras en francés y en español; cerró el turno de intervinientes el reverendo Paul Aulagnier. La lectura del testamento del Rey Mártir y los cantos cerraron este acto de su CCXXIV aniversario.


Acto seguido, acompañado de nuevo por los leales carlistas españoles, el Abanderado de la Tradición se desplazó a la iglesia de San Eugenio y Santa Cecilia, llena a rebosar de fieles, donde el reverendo señor don Eric Iborra celebró una solemne Misa de réquiem según el rito romano tradicional. Cantada por la magnífica Schola Sainte Cécile, que interpretó la Misa de Réquiem a cinco voces llamada "de los reyes de Francia", del maestro de la real capilla Eustache du Caurroy (1549-1609), cantada en Saint Denis en todos los funerales reales desde 1610 hasta la Revolución. Don Sixto Enrique ocupó el lugar de honor junto al catafalco; la escolta carlista (encabezada por el Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, profesor José Miguel Gambra) fue situada en lugar destacado cerca de Su Alteza al inicio de la nave lateral y, al terminar la ceremonia, le hizo un pasillo entre los vítores de los asistentes. El entusiasmo fue tal que hubieron de cantar el Oriamendi a solicitud de un grupo de franceses asistentes.



Finalmente, en un simpático bistrot del Barrio Latino, tuvo lugar un almuerzo de hermandad de los carlistas con los jóvenes de la Acción Francesa Universitaria en torno del Señor, quien saludó personalmente a todos los asistentes. En resumen, en un día frío y soleado de invierno, un digno homenaje a Luis XVI a los 224 años de su martirio, y una calurosa celebración tradicionalista en torno del Príncipe que mejor representa la Causa de la Cristiandad y de la Monarquía: el Abanderado de la Tradición carlista y legitimista, Don Sixto Enrique de Borbón y Borbón Busset.

Tanto la víspera, el viernes 20, como la tarde del mismo sábado 21, Don Sixto Enrique se reunió con los miembros de su Secretaría Política desplazados a París al frente de la nutrida delegación carlista.