jueves, 27 de julio de 2017

La buena (y heroica) muerte de Felipe II

“Lo  más terrible de la muerte”

Año 1598


El rey parecía un moribundo cuando entró en Madrid el último día de 1592.  Las gentes que llenaban las calles para verle se asombraron el verle tan viejo y tan agotado. Era evidente, decían todos, que la jornada de Aragón había acabado con su Majestad. Los médicos, muy alarmados, le aconsejaron que si quería vivir algún tiempo era necesario que suprimiera alguna de sus actividades y adoptara un nuevo régimen de alimentación, de vida y de trabajo.  Hizo todo esto, pero sabiendo que le quedaban muy pocos años de vida, y cuando murió su confesor, fray Diego de Chaves, comenzó a prepararse concienzudamente para su propia muerte.  Con su característica minucia se dispuso a poner en regla sus asuntos. Hizo venir de Portugal al cardenal Alberto, uno de los pocos hombres en quien podía confiar, y le puso como freno a los Grandes y al Consejo, para evitar que estos tuvieran demasiada influencia sobre el joven príncipe Felipe durante su menor edad. El cardenal debería conferenciar a diario con el príncipe, asistir a las reuniones de su Consejo y discutir los asuntos con el rey y su heredero todos los viernes si su Majestad estaba en Madrid.

Felipe reorganizó cuidadosamente su gobierno en 1593, eligiendo entre los miembros de su Consejo de Estado un superconsejo interior de tres individuos. Tras cuatro años de observación cuidadosa nombró para este superconsejo, por su fidelidad y abnegación a Moura, Chinchón e Idiaquez.  Estos, con el cardenal Alberto para recibir embajadores y nuncios y vigilar los asuntos del príncipe en general, serían los que habían de aconsejarle al morir su padre.  Precisó los deberes de cada uno de ellos en una de aquellas instrucciones suyas, tan características, en las que anotaba hasta las horas en que deberían reunirse ; en invierno, de dos a cinco de la tarde, y en verano, de tres a seis, en el aposento del príncipe.  Su Majestad debería estar informado de todo cuanto ocurría.  El príncipe Felipe, por el cual se tomaban todas estas precauciones, tenía entonces quince años.  Ni  cuando vestía la armadura y la cota de malla de oro y plata, con las insignias del Toisón de Oro en torno del robusto cuello, alcanzaba a inspirar el joven Felipe aquella sensación de majestad que su padre, vestido sencillamente de negro, daba a su pueblo.  No era el príncipe el heredero ideal, pero era el único que había. Era, desde luego, mucho mejor que Don Carlos. El emperador le trataba con ternura, como a todos sus hijos, y luchaba para corregir algunas de las limitaciones de su naturaleza, aconsejándole y enseñándole de continuo.  Tuvo, por lo menos, la consoladora seguridad de que su sucesor sería un buen cristiano, un hombre justo y lo bastante humilde para recibir consejos.

……. Nunca habría una guerra religiosa en España mientras existiera la Inquisición. Otros países habrían de gemir muy pronto bajo el tormento inacabable de la guerra de los Treina Años.  Los católicos habían de sentir el azote de aquella lucha, hija de las ideas liberales ; todo el mundo la sufriría, excepto los autores del liberalismo.  “Puede asegurarse, dice alegremente el historiador judío Graetz, que los judíos no perdieron mucho con esta guerra devastadora ; mientras la población cristiana se empobrecía y tenía que reducirse casi a la nada….. , los judíos pudieron guardar algo.  El botín de muchas ciudades pasó a sus manos  y aunque les asignaron impuestos exorbitantes y les obligaron a pagar grandes sumas, siempre salieron ganando”.  Sería necesaria nada menos que una revolución francesa y un Napoleón para quebrantar la barrera levantada por Fernando e Isabel y dejar a los enemigos del Cristianismo en libertad de prepararse, poco a poco, para 1931 y 1936.

Si todos los católicos hubieran sido tan decididos como Felipe II en la reforma de la vida católica y en la vigorosa defensa de la cultura católica contra sus enemigos, el cerco gradual que se organizaba para aislar a la Iglesia en el mundo moderno hubiera podido evitarse y aplazarse indefinidamente.  Felipe II, fueran los que fueran sus errores y limitaciones, salvó probablemente a Europa de ser por completo arrollada por el protestantismo. No es de extrañar que los protestantes, judíos y otros adversarios de la Iglesia Católica hayan hecho de él la bestia negra del siglo XVI, exagerando sus errores y acusándole de otros que no cometió, completamente extraños a su naturaleza. Fue él, tal vez más que ningún otro hombre de su tiempo, el que venció el monstruoso complot y aplazó varios siglos el conflicto decisivo.  Frente al espíritu que disuelve a Cristo, de cuyo espíritu el protestantismo fue una manifestación y un símbolo, este hombre, pacífico y afectivo, había puesto en acción todos sus recursos, su salud, su tranquilidad, su conveniencia ; todo cuanto podía en cuerpo y en espíritu, toda la fuerza de una voluntad tenacísima y, en fin, todo el poderío, la sangre y el tesoro del Imperio español. Aunque tuviera sus pecados personales y sus diferencias con Papas y prelados, había una cosa cierta : allí donde surgiese el conflicto entre la Iglesia de Cristo y sus enemigos, en la tierra o en el mar, en las cámaras de los Consejos o Parlamentos o  en la enseñanza y propagación de la doctrina católica por el ejemplo  o el sacrificio de los sacerdotes, fuera donde fuere, allí estaba siempre la influencia de Felipe II, y siempre de parte de la Iglesia. Sus enemigos fueron, casi invariablemente, los enemigos del nombre católico. A su lado rara vez se encontró alguno de los que no aceptaban literalmente las enseñanzas de Cristo.  No fue él el creador de este conflicto, bien definido en cada uno de los países de Europa cuando Felipe, a los veintinueve años, subió al trono de España.  Millones de ducados del Tesoro, y miles y miles de los mejores jóvenes de España dejaron sus cadáveres en los campos de batalla o en los hospitales de apestados. Ningún provecho material de ninguna clase reportaban los Países Bajos a España ; ninguna ventaja militar, económica o política que compensara aquel gasto abrumador. Todo esto es algo que no cuenta para Adam Smith, cuando habla de las interpretaciones económicas de la historia, o del profundo egoísmo de la naturaleza humana.   ¿Cómo se explicaría que toda una nación aguantara todo esto, durante generaciones enteras, y más aún, que lo aprobara y lo defendiera?   Los enemigos de España, obligados a abandonar la teoría de que los españoles eran ambiciosos de poder y avaros de dinero, dicen ahora que eran unos estúpidos, que no entendían nada de economía, que eran insensatos.

Pues bien, sí ; esto está ya más cerca de la verdad, a condición que “insensato” se considere en el sentido de S. Pablo, cuando describe al Cristianismo como el que se atreve a hacer locuras por la causa de Cristo : el mundo se reirá siempre de él.  Felipe II y los mejores españoles de su tiempo tenían defectos. Pero amaban a Cristo. A su modo, con sus yerros, luchaban por imitar la locura sublime de la Santidad y de la Crucifixión. Es absolutamente cierto, y ésta es la clave, el principio y el fin de toda posible comprensión del carácter de este rey, que Felipe II percibió claramente que Cristo, en este mundo, moraba en la Santa Apostólica y Católica Iglesia de Roma y no en otra parte, y que la salvación de los hombres dependía, ante todo, Cristo mismo lo dijo, de aceptar esta verdad.  Felipe siempre estuvo dispuesto a demostrar la sinceridad de su fe, arriesgando por ella sus tesoros, sus reinos, la paz de su espíritu, la salud de su cuerpo y la misma vida.  Sólo pesa sobre él la sombra de que hubo tanta inercia como prudencia en su decisión de no ir a los Países Bajos cuando su presencia hubiera podido llevar a buen término tantas cosas.  Esto era lo que pensaba cuando dijo que prefería no gobernar a gobernar a un pueblo de herejes.  Era su interpretación personal de aquello de Cristo  : “¿Qué ganará el hombre si conquista todo el mundo y pierde su propia alma?”.  La historia de España, siglo tras siglo, es un ejemplo de esta magnífica generosidad cristiana. Y este mismo ejemplo es la parte central y significativa de la vida de Felipe II.  Por esta razón, los verdaderos españoles de su tiempo y los de tiempos después, vieron y han visto en él al prototipo hispano, y le han perdonado sus faltas y han llevado sus virtudes en su propio corazón.

Cupo en suerte a Felipe poseer los Países Bajos cuando las circunstancias hacían de aquel país el centro de las tormentas de todo el mundo, el foco, el punto crítico de la línea de batalla entre los ejércitos de Cristo y los del Anticristo.  Sean las que sean las causas, la mayoría de los conflictos en el mundo han sido sólo episodios disimulados de esta lucha esencial.  Es falso decir que España odiaba mirar hacia adelante y deseaba mirar hacia atrás. Sabía que no miraba hacia atrás cuando miraba a Cristo y a su Iglesia Católica. Por eso decía con añoranza fray José de Sigüenza, gran erudito y encargado de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial : “aquellos buenos siglos antiguos, en que había tanta fe y tan poco dinero”.  El español católico es el que mira más allá del futuro, pues Cristo es eterno, y sólo lo eterno puede, en verdad, llamarse futuro.  ¿Por qué no llamar a las fuerzas opuestas a la modernidad con su verdadero nombre?  Son las voces del mundo que, según predijo Cristo, odiarán siempre a su Iglesia. Son las voces de los hijos del Anticristo. Pero de Cristo tenemos la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán nunca contra nosotros.  El mundo moderno ha odiado la memoria de Felipe II porque toda su vida fue una defensa de los antiguos derechos del mundo, y no por sus defectos personales.  El rey sabía que le quedaba poco tiempo de vida y comenzó a aprovecharla más en aquel San Lorenzo que le sugería, en cada rincón, en la oscuridad del confesonario, en el coro, a la hora de vísperas, entre las tumbas de sus muertos, el otro mundo ;  y siempre, ante el altar.

Sin embargo, el mundo no había perdido completamente su poder de atracción para aquel cuerpo agotado y enfermo. Lo pasó muy bien asistiendo a la representación de una comedia en San Lorenzo, en la que figuraban los doctores de la Iglesia enseñando a San Pablo.  A primeros del año 1597 se estableció, por más sano, en un palacio nuevo que compró a un noble de los alrededores, en Campillo. Allí celebró la Ascensión y concibió la idea de reconstruir un gran camino desde su nueva residencia hasta San Lorenzo. Compró todas sus propiedades a los modestos labradores y campesinos de las cercanías, pagándolos al doble de su valor, y al dejarla sus dueños, algunos no sin lágrimas, los equipó a todos, de pies a cabeza, con ropa nueva y les dio para el viaje una buena gratificación.  Cayó entonces enfermo de gota y tuvo que enviar a su hijo, en representación suya, a una fiesta en San Lorenzo. Despachó tras él a un noble para recordarle que enviara vituallas y regalos de la mesa real a varios monjes.  Tuvo Felipe una de sus inesperadas mejorías y volvió a San Lorenzo. Con sus setenta años pasó el verano cazando. En septiembre recayó y se pensó que iba a morir. Después de este ataque de gota nunca más pudo volver a andar sin ayuda. Cuando llegaron las nuevas de la muerte de su segunda hija, la duquesa de Saboya, en Turín, fue a Madrid para asistir a los funerales públicos por su alma. Después del funeral atravesó todo Madrid acompañado del príncipe Felipe y seguido de toda la Corte en carrozas enlutadas. Al volver una calle oyó la campanilla del Santísimo Sacramento, que un sacerdote llevaba a casa de un moribundo. El rey manó detener los caballos de su coche mientras adoraba la Sagrada Forma, e hizo que el príncipe siguiera al sacerdote, sombrero en mano, hasta el lugar del Viático ; él esperó, con su pierna enferma extendida, rezando hasta que el príncipe regresó. Él mismo hubiera ido de haber podido andar ; siempre había sido su costumbre , y confiaba que el príncipe la seguiría cuando él desapareciera.

Pasó su último invierno en Madrid, lleno de miserias. Cuando llegó la primavera estaba tan débil que los médicos se negaron a que fuera a San Lorenzo.  A finales de junio se sintió mejor, y notificó a sus médicos que, les placiera o no, iba a El Escorial para morir allí. Moura se arrojó a sus pies y le imploró, llorando, que no lo hiciera. Pero Felipe estaba decidido, como él mismo decía, a dejar sus huesos en su casa. El último día de junio salió en una silla de manos del palacio de Madrid. Hizo etapas muy cortas, y casi muriéndose en el camino, llegó el 6 de julio a San Lorenzo, siendo transportado a su antiguo aposento, que daba al altar mayor de la Basílica.  Pocos días después se hacía pasear por todo el palacio y por los jardines. Ansiaba volver a ver los viejos rincones y las cosas nuevas.  Pero se cansó mucho, y el día 22, fiesta de Santa María Magdalena, tuvo otra recaída y padeció una de las fiebres altísimas que solían acometerle cuando hacía mucho ejercicio. Pidió que los médicos le dijeran francamente si estaba ya cercano su fin. Los médicos lo creían así, pero ocultaron su pronóstico duranre unos días, hasta que su confesor, fray Diego de Yepes, les advirtió que Su Majestad deseaba saber la verdad y afrontarla, y que lo mejor sería que se la dijeran. Entonces declararon que no tenían esperanzas. Fray Diego se lo comunicó al rey el 1 de agosto. Felipe dijo : “Gracias sean dadas a Dios”. Parecía en verdad satisfecho y animoso. Ordenó a fray Diego que le examinara muy severamente su vida entera desde su infancia, e hizo una confesión general que duró tres días enteros.



Tenía cuatro llagas fistulizadas en el dedo índice de la mano derecha, otras tres en el tercer dedo y otra en el dedo grueso del pie derecho. Sobre todo esta última le abrasaba de dolor continuamente y no se aliviaba con ningún remedio. Tenía además en la rodilla un absceso producido por la gota, tan doloroso que el menor movimiento le causaba sufrimientos de agonía. Todo ello le obligaba a estar echado sobre la espalda, inmóvil y como clavado en la cama, en cuya postura estuvo cincuentra y tres días. Las heridas se infectaron, y despedían un olor pesrtilente. Su confesor no acertaba a compararlas más que con las úlceras que Moisés hizo caer en Egipto sobre los trasgresores de la Ley de Dios, o con las que quemaron los huesos y consumieron la carne del triste Job. Le dolían la cabeza y los ojos, y no podía dormir.



(Ahora continua el relato, fuente de W. Thomas Walsh,  Fray José de Sigüenza,1544-1606, monje jerónimo del Real Monasterio, que a la muerte del rey tenía pues 54 años, y como él mismo dice “fue testigo de vista” de lo que narra)  :



La más prolija e importuna dolencia que le afligió fue la gota. Duróle más de catorce años, y los siete postreros causó este mal dolores agudísimos porque aquella división que va haciendo el humor corrompido en las articulaciones y coyunturas de manos y pies, partes sensibles por extremo, por ser de poca carne, todo nervios y huesos, que como se desencasan, atormentan despiadadamente, como lo muestran los gritos de los que lo padecen, aunque no los conociéramos en nuestro Rey, pues no fueron poderosos estos dolores continuos y de tantos años para descomponer el grande sufrimiento y modestia de este siervo de Dios. Testigos fuimos de tan singular paciencia los que asistimos continuamente en su servicio.  Para que a la postre se fuese purificando más claro, en los dos años y medio antes de su fin avivó Dios las brasas de su crisol ; quiso que se emprendiese en sus huesos una fiebre habitual que le afligía continuamente, consumiendole las carnes, hasta que no le dejó sino el pellejo y los huesos, y tan sin fuerzas, que de allí adelante le fue forzoso andar en una silla y verse como a enterrar cada día. Juntóse con esta fiebre una muy mala compañera, un principio de hidropesía, hinchándosele el vientre, muslos y piernas, que bastara por sí solo este rabioso accidente a descomponer al hombre más asentado del mundo, por la implacable sed que causa en las entrañas ; pasión que aflige más que todas cuantas nos acometen ; y lo peor es que con ninguna cosa cobra más fuerza como con lo que más se apetece, que es el agua, y así el tormento que padecía de sed y sequedad un Rey tan delicado, criado en tanto regalo y concierto de vida y durarle tanto tiempo, bastara a derribar la paciencia más encarecida de cuantas leemos en hombres…..  Y así pasó estos dos años y medio con grandísimo martirio, levantando los ojos de su esperanza a su Dios y Señor, implorando el auxilio y el favor de sus santos. Sujetábase a las reglas y preceptos de la medicina con tanta puntualidad que no parecía Rey cuya voluntad y apetitos no tiene superior . Es forzoso decir que todos estos males fueron regalos enviados por Dios, o digámoslo así, piedras preciosas para adorno de la corona de otro Reino mayor.

Últimamente, cargaron, como dije, las calenturas dobles, que en dejando la una, comenzaba la otra. Martillos redoblados sobre el yunque de tan magnífico corazón como el de Felipe, que, como conocía bien el brazo divino que los meneaba, humilde y callado recibía los golpes. Comenzó a acometerle una espantable escuadra de miserias, que ninguna, ni todas juntas pudieron mellarle la paciencia, ni fueron parte que saliese de su boca palabra que supiese a impaciencia. En lo que pienso que hizo alguna ventaja al pacientísimo Job, pues si lo miramos a lo menos en la corteza, le oímos se queja gravemente, arguye a ratos con Dios y aun tiene tedio de sí mismo y de su vida. Diré a lo menos que el santo Job fue ejemplo de la paciencia natural antigua y no más de sombra o figura de la que habían de tener los que se llamasen cristianos.  Después de haberle fatigado las fiebres siete días contínuos, asado y consumido del fuego maligno que le tenía ya en los huesos, arrojó en el muslo, un poco encima de la rodilla derecha, una apotegma de calidad maligna, que fue creciendo y madurando poco a poco con dolores muy grandes ;  aunque los médicos procuraron resolverla con los mejores remedios que supieron, ninguno fue bastante, pues a mi juicio, (dice Sigüenza), no venían estas llagas por la sola fuerza del mal corrompido, sino enviados de aquella mano que usa de todo lo criado como instrumento de su voluntad.

Sentíalo así el buen Felipe, y levantando los ojos, decía con la boca y con el corazón aquellas ternísimas palabras que dijo su Rey y Señor en el Huerto : “Pater, non mea, sed tu voluntas fiat”, que, por haberlas repetido tan innumerables veces, creo le eran singular alivio de todas sus miserias.  Fue forzoso abrir con el hierro esta apostema, y todos temieron no se quedase muerto en el tormento. Abríosela al fin el cirujano de Su Majestad el día de la Transfiguración del Señor con la mayor sutileza que fue posible ; sacóle gran cantidad de materia, porque el muslo estaba hecho una bolsa de podre que llegaba poco menos que hasta el hueso. Por ser tanta, se abrieron otras dos bocas por donde expelía tanta cantidad que parecía milagro no morir resuelto en ella en un sujeto tan consumido.  No se oyó de la boca de este Príncipe ni grito ni palabra desentonada, ni se vieron otros extremos de los que se permite cualquier hombre.  Antes que se le abriesen se había confesado y aparejado para morir, y le mandó a su confesor, fray Diego de Yepes, que en el entretanto estaba en el tormento le leyese la Pasión de San Mateo. Cuando llegó a la Oración del Huerto, le mandó que reparase, para con más viva atención poner su espíritu en Dios y resignarse todo en sus manos, y para sentir de veras en sus entrañas la aflicción del inocentísimo Cordero ; medio eficacísimo para tener en poco la suya y olvidarse de sí mismo, y pasar aquel tormento como si no fuera suyo; después de abierta la apostema, mandó a todos hiciesen gracias a Nuestro Señor.  Con esto quedó muy consolado. No pasó de una vez este tormento, porque cada vez que le curaban era necesario extraerle la materia ; salían, entre mañana y tarde, dos escudillas de podre, ocasión de gravísimos dolores.

De estas curas le sobrevino a nuestro Rey otro trabajo grande, que aún para pensarlo es penoso. Como estaba tan lastimado con esta herida y abertura, quedó tan dolorido y sensible, que no era posible menearse ni revolverse en la cama. Era forzoso estar de espalda de noche y de día, sin mudarse de un lado ni de otro. Así se convirtió aquella cama real poco menos que en muladar podrido, y digo poco, porque no era sino harto peor, de donde salían continuos olores malísimos que atormentaban a nuestro nuevo Job. En cincuenta y tres días que duró esta enfermedad, ni se le pudo mudar la ropa que tenía debajo, ni menearle ni levantarle un poco para limpiarle los excrementos de la necesidad natural, y mucha parte de la materia que le salía de las apostemas y llagas tenían al sufridísimo Rey en una sentina hedionda sepultado en vida. Y quien considerase el aseo y limpieza que tuvo siempre en todas las cosas, que una raya en la pared, ni una mancha en el suelo, ni polvo, ni telaraña no sufría, y le viere ahora en tan asqueroso estado, sin quejarse ni mostrar impaciencia, ni decir malas palabras, podrá decir que es negocio de más que humano sentimiento y sufrimiento. El más prolijo martirio que pudo padecer persona de semejante calidad, ni me acuerdo de haberlo leído. Siempre me ha parecido que fue esta una de las más rigurosas pruebas de su paciencia, extraordinario ejemplo que nos dejó de su sufrimiento este señor.  Otras muchas veces, cuando le curaban, vencido de los agudos dolores, mandaba que parasen, y las más rompía en alabanzas divinas, ofreciendo a Dios su trabajo, y muchas, aunque callando con la boca, los ojos y el semblante mostraban el sacrificio que dentro de su corazón hacía de sí mismo al Señor. De estar echado de esta manera, se le vinieron a hacer llagas en las espaldas y en los asientos, porque ni aun esas partes careciesen de su pena.

Podremos ya de aquí en adelante tener cartilla y arte para enseñar a bien morir con solo leer lo que este santo Rey hizo y dijo en su enfermedad y en su muerte, y podrán aprender todos en tan buen maestro lo que apenas nos han enseñado muchos religiosos santos. A primeros de agosto su confesor le dijo el peligro en que estaba. Se lo agradeció mucho, como quien le había dado una nueva alegre. Determinó luego hacer una confesión general, pidiéndole a su confesor le ayudase en esto con mucho cuidado, resignándose luego en sus manos y sujetándose con entera voluntad y determinación firmísima de hacer, para satisfacción de sus culpas, todo lo que le dijese. No se contentó con decirle eso de boca ; diólo por escrito a D. Cristobal de Mora, y le mandó que en su presencia se lo leyese al confesor. Dijo así :  “Padre, vos estáis en lugar de Dios, y protesto delante de su acatamiento que haré lo que dijéreis que he menester para mi salvación, y así por vos estará lo que yo no hiciere, porque estoy aparejado para hacerlo todo”.  Y esto contenía el escrito.  Certifican algunos caballeros de su cámara, dignos de toda fe, que Su Majestad pidió a Nuestro Señor encarecidamnete le hiciese merced que a la hora de su muerte cesasen sus dolores, para que con más entero juicio y sin que el alma tuviese necesidad de acudir a las cosas del cuerpo ni sus males la embarazasen, pudiese contemplar sus divinas misericordias, y abrazarse con él y tratar su salvación. Últimamente el Prior de San Lorenzo le leyó la recomendación del alma que está en el Manual romano, devota y de tantas consideraciones lleno ; advirtióla bien y dio señas de alegría con ella. Las últimas palabras que pronunció y con que partió de este mundo fue decir, como pudo, que moría como católico en la Fe y obediencia de la santa Iglesia Romana ; y besando mil veces el crucifijo, se fue acabando poco a poco y salió aquella santa alma y se fue, según lo dicen tantas pruebas, a gozar del Reino soberano. Durmió en el Señor el gran Felipe II, hijo del Emperador Carlos V, en la misma casa y templo que había edificado y casi encima de su misma sepultura, a las cinco de la mañana, cuando el alba rompía por el Oriente, trayendo el sol la luz del domingo, día de luz y del Señor de la luz, a 13 de septiembre, en las octavas de la Natividad de Nuestra Señora, Vigilia de la Exaltación de la Cruz, el año 1598.  En el mismo día que catorce años antes había puesto la postrera piedra de toda la fábrica de esta casa.  Comenzó a edificar este Monasterio el 23 de abril de 1563. Gozóle, después de haber puesto la postrera piedra el año 1584, catorce años justos, que es otra particular merced del cielo.  Lo primero que se hizo por los caballeros de su cámara fue irlo a decir a su hijo, Felipe, III de este nombre.


sábado, 1 de julio de 2017

Sobre las nuevas ideologías de moda



En este nuevo milenio, especialmente a raíz de la última gran crisis económica del capitalismo, han surgido, en el espectro político de la autodenominada "disidencia", una serie de pensamientos y corrientes que, aparentemente novedosos, han irrumpido con cierta fuerza en los últimos años, algunos incluso en el último año, dada la velocidad con la que cambian, aparecen y desaparecen las nuevas tendencias políticas por la Red. Y precisamente esa es la principal característica de estos grupos; que son corrientes difusas, que tienen pocas cosas en común, son muy variables en puntos fundamentales y, muchas veces, no existen más allá de los foros y los submundos creados por Internet. 

Es en la Red donde habitan y se desarrollan, donde crecen y mutan con extraordinaria velocidad. ¿Se quedarán simplemente en esos mundillos sin pasar a la realidad física? ¿Es la Red el preámbulo de los movimientos políticos que veremos después en la calle? ¿Directamente se ha anulado la acción política real, de carne y hueso y ésta se orquestará desde un teclado? Ésas son algunas de las preguntas que podrían realizarse a tenor de lo que vemos en estas tendencias. El tiempo dirá la influencia y el peso que tendrán en el futuro, mientras tanto, pasemos a analizarlas.

Así pues, de todas estas tendencias que han surgido en Internet, realizamos a continuación un análisis crítico de aquéllas con las que algunos tradicionalistas pueden verse tentados a "coquetear" o incluso orientarse; pues, con la excusa de "pragmatismo" o "posibilismo", ven a estas ideas como una suerte de transición hacia la sociedad tradicional. Esto es absolutamente falso, porque la Historia (siempre maestra) ha demostrado que las "novedades" no suponen un atajo para la restauración del viejo orden cristiano, sino que más bien, son un nido de heterodoxias y confusiones que únicamente sirven para restar fuerzas a la verdadera lucha contrarrevolucionaria que, en las Españas, sólo puede ser el carlismo.

Sin más, haremos una breve crítica desde el tradicionalismo a las tres tendencias más destacadas de este ámbito:

- Identitarismo: Surge en Francia al calor de la Nueva Derecha; recibe influencia, en grado diverso, tanto de la posmoderna Nouvelle Droite de Pauwels y de Alain de Benoist, como del radical anticristianismo iniciático de Guénon y de las pretenciosas elucubraciones esotéricas de Giulio (alias "Julius") Evola. Es decir, se trata de la corriente política más destacada de esta línea de pensamiento, aunque cabe señalar que, no siendo la única, sí es la más representativa. Recordemos que la Nueva Derecha es en gran medida una especie de nacionalsocialismo renovado y, más aún que éste, neopagano y fuertemente anticristiano. Un romanticismo que algunas veces se ha hecho llamar (causando no pocas confusiones) "tradicionalismo"; pero que en realidad nada tiene que ver con el verdadero tradicionalismo (católico, monárquico y contrarrevolucionario) y sí tiene mucho que ver con el nacionalismo liberal de siempre, decorado con la idealización romántica, matizado con falsos regionalismos y tribalismos y con una especie de nostalgia medieval o de la Cristiandad. Y aquí es cuando más suele confundir a nuestros simpatizantes, puesto que, como señalamos, el identitarismo nace de la Nueva Derecha francesa (que a su vez es un lavado de cara del nacionalsocialismo) y, por lo tanto, es neopagano, europeísta y anticristiano. Pero, como también señalamos, estas nuevas tendencias política se caracterizan por su heterodoxia y el identitarismo no es ajeno a ella, por lo que se puede hacer pasar por cristiano. 

Esta ideología nace, como hemos dicho, con la Nueva Derecha, aunque también se utiliza el término de "metapolítica", todavía más ambiguo y confuso, porque estas corrientes se consideran, en ocasiones, continuadoras renovadas del tradicionalismo real, al que ven trasnochado e inaplicable hoy y buscan, por lo tanto, que se convierta en una especie de corriente política dentro de eso que denominan "Think tank". 

- Libertarismo (o anarcocapitalismo): Aunque esta tendencia es más antigua e incluso podríamos remontarla a los propios orígenes del liberalismo, es relativamente novedosa en España y, dadas las asociaciones y movimientos que han surgido en los últimos años y a la aparición de ciertas corrientes de este pensamiento que crean confusión en algunos amigos de la Tradición, es importante dedicarle un espacio para alertar a nuestros simpatizantes. 

El libertarismo no es más que un liberalismo radical, un individualismo absoluto que, sin embargo y dada la relación Estado-Mercado desde el nacimiento y triunfo del propio liberalismo, se desentiende de esta inseparable alianza y busca la desaparición del Estado para sustituirla por una especie de sociedad ultracapitalista. A bote pronto, parece una ideología que no debería preocuparnos porque nada tiene que ver con le tradicionalismo y no hay aparente peligro de que un tradicionalista termine apoyando a estos movimientos. Pero lo que sucede es que dentro del libertarismo hay muchas familias y, entre ellas, hay una especie de libertarismo conservador, llamado paleolibertarismo, que llega a la conclusión (acertada, por otra parte) de que la sociedad tradicional fue la más libre. Si a esto le añadimos que, como son conservadores, no ven como un horror una sociedad religiosa y jerárquica, por lo que suelen sentirse más o menos identificados con las formas sociopolíticas de la Cristiandad. El problema y el principal punto de diferencia es que estas personas consideran que, como el Antiguo Régimen no tenía Estado, era una suerte de sociedad capitalista (anterior al nacimiento del capitalismo). Cuando, realmente, la propia sociedad estamental, los cuerpos intermedios y la catolicidad del Antiguo Régimen que castigaba la usura, impedían el florecimiento de ese capitalismo sin Estado. Al contrario, el Antiguo Régimen se caracterizó por castigar al avaro por judaizante (además de gravísimo pecado), al tiempo que promovía el gremialismo y otra serie de aduanas y frenos que la sociedad tradicional establecía y que impedía el nacimiento del capitalismo. 

Así pues, el libertarismo, aunque se diga "paleolibertario", no tiene en absoluto nada que ver con el tradicionalismo desde la base misma de su ideología, puesto que, en el caso de que defienda el Antiguo Régimen, lo hará solamente porque tiene la errónea concepción de que una sociedad sin Estado implicaría una sociedad capitalista y lo defenderá porque, a su juicio, era un sistema "libre" en el que podría especular a sus anchas. 

Luego, poca relación tiene esto con la concepción económica de la Tradición, mucho más cercana a un socialismo sin Estado que a un capitalismo sin Estado. Con los matices lógicos que esto conllevaría, pues es evidente que la sociedad tradicional no era socialista tal y como entendemos hoy el socialismo, pero sí era profundamente social y comunitaria, en absoluto individualista y especuladora. El propio Vázquez de Mella decía que, si el marxismo no hubiera utilizado la palabra "socialismo", ésta sería usada por el tradicionalismo que, por la usurpación de este término por el estatismo igualitario marxista, prefirió nombrar a la concepción económica tradicional como "sociadelista".

- Derecha alternativa (Alt-Right): La derecha alternativa es la última y más reciente tendencia política de estas dos anteriores. Ha dado el salto a la fama tras la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses y es también la nueva tendencia política más amplia y heterodoxa por la cantidad y diversidad de tendencias que engloba. Simplificando un poco, diríamos que tiene elementos de los dos pensamientos políticos anteriores, es decir, del identitarismo y del libertarismo. Sus principales banderas de enganche las hemos visto en el apoyo que han prestado a la candidatura de Trump, es decir, la lucha contra la globalización y el "establishment" (poder político dominante). 

Como hemos señalado, se trata de una línea política altamente heterodoxa y difícil de definir, pero para simplificar, podríamos decir que se caracterizan, por lo general, por tener un mensaje notoriamente racista, llegando a extremos darwinistas y supremacistas. También por una especie de capitalismo de Estado (pues son contrarios a la globalización pero no al sistema capitalista en general) y, en ocasiones, a simpatizar con posturas libertarias. 

Es destacable la anglofilia de las personas que se adhieren a la derecha alternativa, empezando porque la denominan Alt-Right insertando barbarismos anglicistas en el idioma castellano. No hay nada más que comentar a la ridiculez de que un español defienda al imperio anglosajón a costa de la discriminación a nuestros hermanos españoles de ultramar, empezando por los novohispanos. 

En la España ibérica esta tendencia es apoyada por personas procedentes de la derecha liberal clásica, por antiguos nacionalsocialistas y por enfermizos racistas que han visto en la derecha alternativa un caldo de cultivo para extender sus enrevesadas y ridículas teorías. 

Pero, como hemos dicho, entre la derecha alternativa hay tantas tendencias que es muy difícil establecer una línea común. Inlcuso el identitarismo y el libertarismo, anteriormente desarrollados, se podrían incluir dentro de esta tendencia política, pues la derecha alternativa está todavía en desarrollo y aún es difícil establecer con claridad su línea de pensamiento. Así pues, existen corrientes como los "neorreaccionarios", que salen tanto de la derecha alternativa como del paleolibertarismo y que suponen un añadido más a la confusión creada en estos últimos años. Un término más en la sopa de etiquetas y definiciones políticas que representan estas nuevas modas.


Los tradicionalistas no podemos caer en la trampa de ver en estas nuevas ideologías y corrientes políticas algún tipo de atajo o mal menor para la restauración de la Cristiandad. No hay "ventanas de Overton" ni posibilismos que valgan. Dejémonos de experimentos que a nada conducen y centrémonos en difundir nuestro ideario sin contaminaciones ni pactos que suponen el sacrificio del ideal. No olvidemos que estos grupos son competencia directa de la Causa y que, como decía Eugenio d'Ors: "lo que no es tradición, es plagio".

Por último, aunque lo hemos citado en Carlismo Galicia en la entrada de "Restaurar la Cristiandad", es conveniente recordar lo que dijo San Pío X en la carta sobre los errores de «Le Sillon» (Notre charge apostolique):

«… no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; … no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo».

lunes, 26 de junio de 2017

Poema carlista en gallego


No fue Evaristo Martelo Paumán el único escritor gallego que dejaría su huella contrarrevolucionaria o carlista, pero demuestra este extracto del Himno Militar Galego que el carlismo en Galicia siempre tuvo consciencia de su misión, en las guerras y en la paz, de ahí que la esperanza del triunfo y su afán de emular a los momentos decisivos de nuestra historia y de ahí que la Santa Causa estuviera también presente en la literatura del Rexurdimento:

IV
Por ley de raza, da historia a fada
o albor pregóada redención,
na triste España dexenerada
Pelayo é o símbolo; nosa a misión.

V
Bandeira santa do Sacramento
¿á quen divina non porás ley
cando berremos con forte alento
brandendo as fóuces, Dios, patria e Rey?

VI
Afora os negros do chan sagrado,
afora os corvos, Anglo e Francés,
n´este cristiano reino arrombado,
fé dos valentes, proba quen és

jueves, 22 de junio de 2017

La mentalidad gnóstica que contagia a algunos católicos tradicionalistas

Otro error, y este especialmente recurrente, a lo largo de la historia de la Iglesia y que afecta, pervirtiéndolas, directamente a las categorías cristianas de esperanza, de creación…y por tanto de tiempo e historia, y que lleva a un desprecio de la dimensión política del hombre, es el gnosticismo, sea este puro o diluido en una mentalidad que funciona como tentación permanente de interpretación gnóstica del cristianismo, contraria siempre a la recta visión católica.


El gnóstico vive el presente desligándose de los devenires accidentales inherentes a la creación imperfecta. Para su pensamiento la escena terrestre, la temporalidad, esta originada por un alejamiento, por una ruptura con una perfección inicial. Ya no espera nada de ella. Su teleiosis significará ruptura total con la historia aparente de la creación sensible (negación práctica del Dios creador). El gnóstico, después de experimentar la desorientación, el desconcierto, de sentirse vomitado en el mundo, no confía en la grandeza de la libertad ni dramatiza las opciones libres, cree que independientemente de su hacer, pertenece al grupo de los elegidos. El gnóstico no necesita esperar del futuro, lo que de antemano ha conseguido por la gnosis. Su error se encuentra en el desprecio de la naturaleza y en una no recta interpretación de la creación. Frente a esta tentación nunca del todo superada de influencia gnóstica, la teología católica enseña la presencia de Dios en la creación y en la historia, y una presencia no meramente ejemplar, paradigmática ( a la luz de la cual uno se hace perfecto actuando conforme a las enseñanzas recibidas); enseña, que la realidad escatológica no será un regreso a lo que ya éramos primigeniamente, sino una espera de realización perfecta dependiente de la gracia y que afectará a la realidad creatural histórica.

El gnóstico es aquel que siente una profunda necesidad de liberarse de un mundo y de una historia que le es adversa. La historia o es absurda o es negativa en si misma, entre sus términos preferidos se encuentra el de “peregrino”. Se experimenta exiliado, extranjero en la escena terrena y por tanto en la historia y en la política que es la construcción de esta.

Su única manera de salir de este laberinto es rechazar el entorno, rechazar el mundo porque este es imperfecto, le falta consistencia y autenticidad. Lo importante es el Yo, y no el mundo y su historia del cual se des-religa. La salvación no se encuentra fuera del yo, en el mundo, y en la historia, sino en el interior de uno mismo. Todo intento de unificar el sujeto y el objeto, por buscar el equilibrio entre el yo y el mundo, por propugnar la armonía creatural, por construir la historia, el Reino de Dios (conceptos propios del cristianismo) es inútil para la mentalidad gnóstica. Hay que des-encarnar al hombre, robándole por ejemplo su dimensión histórica.

Para los católicos la historia, en cambio, no es la consecuencia de una caída, sino la posibilidad para que el hombre llegue a la plena madurez y lugar de la construcción de la Ciudad de Dios, mediante la instauración de todas las cosas en Cristo.

Es del todo evidente la influencia gnóstica en el actual anti-politicismo de muchos católicos, y de la mayoría de las instancias jerárquicas de la Iglesia, empeñadas en negar la encarnación temporal del evangelio en todas las realidades humanas. Clara influencia del protestantismo, y del jansenismo, doctrinas que defienden la radical perversión de la naturaleza humana tras el pecado y por ello desarrollan una erronea doctrina sobre el orden natural, que conlleva el deprecio de la política como "el arte del bien común".

Frente a todas estas seducciones, siempre camufladas de "espiritualismos" "angelismos" "moralismos" "purismos" etc etc. El católico debe reafirmar la máxima tomista de que "la gracia no destruye la naturaleza, sinó que la perfecciona y la presupone".

jueves, 25 de mayo de 2017

Los judíos según la doctrina cristiana


Ya en el Nuevo Testamento, la doctrina cristiana sobre los judíos es muy clara. En cualquier caso, ningún católico puede creer nada que vaya contra el sentir unánime de los Santos Padres.

“Entonces le respondieron algunos escribas y fariseos: ‘Maestro, queremos ver una señal de Ti’. Mas Él, respondiendo, les dijo: ‘una raza malvada y fornicaria solicita una señal, y no le será dada una señal, sino la señal de Jonás el profeta” Mt. 12, 38-39

Pues bien, todos los Padres de la Iglesia manifiestan unánimemente el mismo sentir respecto a los judíos. Veremos también que el Magisterio conciliar y pontificio reitera la misma enseñanza, como no podía ser de otra manera.

Harían falta muchos libros para recopilar todo lo que los Padres dicen contra el pueblo deicida. Veamos sólo unos pocos de los textos más importantes.

San Juan Crisóstomo, Padre y Doctor de la Iglesia, proclamado por San Pío X patrón de todos los predicadores católicos del mundo, es el más importante de los Padres Orientales; aparte de que a ningún judaizante actual le agradaría lo que San Juan dice en cada una de sus obras sin contradecirse, nos ha dejado nada menos que ocho extensas homilías contra los judíos. Veamos algunos fragmentos:

“Siempre que el judío os dice a vosotros: fueron los hombres los que nos hicieron la guerra, fueron los hombres los que conspiraron contra nosotros; contestadles: los hombres no os hubieran hecho la guerra si Dios no lo hubiera permitido.”

“Mi verdadera guerra es contra los judíos… los judíos han sido abandonados por Dios, y por el crimen de este Deicidio no hay expiación posible.” 

“Habiendo estado en Jerusalén por Pascua, muchos creyeron en su nombre, contemplando los milagros que hacía; mas Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía a todos Jn. 2, 23-24
“Pero ahora vosotros habéis eclipsado todas las maldades del pasado, pero de ningún modo dejasteis atrás el grado sumo del delito, mediante vuestra locura cometida contra Cristo. Por ello estáis ahora siendo castigados peor aún que en el pasado. Toda vez que, si ésa no es la causa de vuestra actual deshonra, ¿por qué motivo, aun siendo vosotros unos asesinos de niños, Dios se contentó con vosotros en otro tiempo y en cambio vuelve ahora la espalda a quienes llegan a tales atrevimientos? Verdaderamente está claro que os atrevisteis a un delito mucho mayor y peor que el infanticidio y que cualquier delito asesinando a Cristo”.

También entre los Padres Orientales nos encontramos con San Eusebio de Cesarea, a quien debemos gran parte de lo que conocemos sobre los cristianos de los primeros siglos. Martirizado el año 308, San Eusebio nos enseña cosas como la siguiente:

“Se pueden oír los gemidos y lamentaciones de cada uno de los profetas, gimiendo y lamentándose característicamente por las calamidades que caerán sobre el Pueblo Judío a causa de su impiedad a Aquél que han abandonado. Cómo su reino … debería ser totalmente destruido después de su pecado contra Cristo; cómo la Ley de su Padre debería ser abrogada, ellos mismos privados de su antiguo culto, despojados de la independencia de sus antepasados y convertidos en esclavos de sus enemigos en vez de ser hombres libres. Cómo su metrópolis real debería ser arrasada por el fuego. Su santo altar experimentar las llamas y la extrema desolación, su ciudad no más tiempo habitada por sus antiguos poseedores, sino por razas de otro tronco, mientras ellos deberían ser dispersados entre los gentiles por el mundo entero sin tener nunca una esperanza de cesación alguna del mal o espacio para respirar de su congoja”.

El mismo sentir es el que manifiestan el resto de Padres Orientales. Entre los Padres Occidentales, cabe citar, para no extenderse, a San Ambrosio de Milán y a San Jerónimo.

A San Jerónimo debemos la Vulgata, texto canónico oficial de las Sagradas Escrituras. Entre otras muchas cosas sobre los judíos (todas, sin excepción, en la misma dirección) él nos enseñó:

“Esta maldición continúa hasta el día de hoy sobre los judíos, y la sangre del Señor no cesará de pesar sobre ellos”.

San Ambrosio, aparte de ser el maestro de San Agustín, ha sido siempre considerado el modelo a seguir para todos los obispos católicos. Como él nos explica, la Sinagoga es:
“una casa de impiedad, un receptáculo de maldades, que Dios mismo había condenado”.

“Los judíos…tenéis como padre al Diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la Verdad, porque la Verdad no estaba en él. Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque es mentiroso y padre de la mentira” Jn. 8. 44

La Santa Madre Iglesia continuará siempre enseñando a sus hijos las mismas enseñanzas de doctrina apostólica que habían sido firmemente defendidas por los Santos Padres. Así nos adentramos en la esplendorosa Edad Media, con un doctor tan importante para los siglos venideros como San Bernardo de Claraval afirmando tajantemente: “Los judíos han sido dispersados por todo el mundo, para que mientras paguen la culpa de tan gran crimen, puedan ser testigos de nuestra Redención”.

Las mismas enseñanzas van encontrarse en los grandes santos de la Edad Media, el Renacimiento y los siglos posteriores hasta nuestros días. Entre los Doctores de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, máximo expositor de la Doctrina de la Iglesia y que debe tomarse como guía segura para todo católico, no se desvía un ápice de la doctrina de los Padres de la Iglesia sobre los judíos, ni tampoco de las enseñanzas de los santos que le precedieron.

El Aquinate, consultado por la Duquesa de Brabante sobre si era conveniente que en sus dominios los judíos fueran obligados a llevar una señal distintiva para diferenciarse de los cristianos, contesta:

“Fácil es a esto la respuesta, y ella de acuerdo a lo establecido en el Concilio general, que los judíos de ambos sexos en todo territorio de cristianos en todo tiempo deben distinguirse en su vestido de los otros pueblos. Esto les es mandado a ellos en su ley, es a saber, que en los cuatro ángulos de sus mantos haya orlas por las que se distingan de los demás”.

El deicidio no sólo fue contra Cristo en su vida sobre la Tierra, sino también contra Él consagrado en la Hostia en las habituales profanaciones que los judíos realizaban.


Pío XII, en la encíclica "Humani generis" (1950), enseña que las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino son la guía más segura para la doctrina católica y condena toda desviación de ella.

El Doctor Angélico también sostuvo doctrinalmente que:

“Los judíos no pueden lícitamente retener lo adquirido por usura, estando obligados a restituir a quienes hayan extorsionado … Los judíos por razón de sus culpas están en perpetua servidumbre, los señores pueden por lo tanto, tomarles sus cosas, dejándoles lo indispensable para la vida”. Y además: “A los judíos no se les debería permitir quedarse con lo obtenido por medio de la usura; lo mejor sería que se les obligara a trabajar para ganarse la vida, en vez de no hacer otra cosa que hacerse más avaros”.

Y respecto a la postura que los judíos tomaron hacia Nuestro Señor:

Y respondiendo todo el pueblo dijo: Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos  Mt. 27, 25
“Y respondiendo todo el pueblo dijo: ‘Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos’ ” Mt. 27, 25

“Pues veían en Él todas las señales que los profetas dijeron que iba a haber […] pues veían con evidencia las señales de la Divinidad de Él, mas por odio y envidia hacia Cristo, las tergiversaban; y no quisieron confiar en las palabras de Éste, con las cuales se confesaba Hijo de Dios”.

Los concilios de la Iglesia, así como los papas,han ido siempre en la misma dirección del sentir unánime de los Padres y de los santos. Aunque podamos extraer testimonios de todos los papas de la historia que como tales se han manifestado al efecto, baste con que citemos a tres: uno a caballo entre la Antigüedad Tardía y la Edad Media (San Gregorio Magno), otro del Renacimiento (San Pío V) y otro de época moderna (Benedicto XIV).

Benedicto XIV, dejando al margen otros documentos en que trata la cuestión judía mostrándose firme en preservar lo que dice la tradición, en la encíclica "A quo primum" nos enseña:

“Los judíos se ocupan de asuntos comerciales, amasan enormes sumas de dinero de estas actividades, y proceden sistemáticamente a despojar a los cristianos de sus bienes y posesiones por medio de sus exacciones usurarias. Aunque al mismo tiempo ellos piden prestadas sumas de los cristianos a un nivel de interés inmoderadamente alto, para el pago de las cuales sus sinagogas sirven de garantía, no obstante sus razones para actuar así son fácilmente visibles. Primero de todo, obtienen dinero de los cristianos que usan en el comercio, haciendo así suficiente provecho para pagar el interés convenido, y al mismo tiempo incrementan su propio poder. En segundo lugar, ganan tantos protectores de sus sinagogas y de sus personas como acreedores tienen”.

A San Pío V le debemos, entre otras cosas, haber sido el artífice de la victoria de Lepanto y haber extendido el Santo Rosario, además de codificar el rito romano de la Santa Misa. Entre sus numerosos escritos tratando la cuestión judía, podemos citar la famosa bula "Hebraeorum Gens", de la que extraemos lo siguiente:

“El pueblo judío … llegado el tiempo de la plenitud, ingrato y pérfido, condenó indignamente a su Redentor a ser muerto con muerte ignominiosa … omitiendo las numerosas modalidades de usura con las que por todas partes, los hebreos consumieron los haberes de los cristianos necesitados, juzgamos como muy evidente ser ellos encubridores y aun cómplices de ladrones y asaltantes que tratan de traspasar a otro las cosas robadas y malversadas u ocultarlas hasta el presente, no sólo las de uso profano, mas también las del culto divino. Y muchos con el pretexto de tratar asuntos propios de su oficio, ambicionando las casas de mujeres honestas, las pierden con muy vergonzosos halagos; y lo que es más pernicioso de todo, dados a sortilegios y encantamientos mágicos, supersticiones y maleficios, inducen a muchos incautos y enfermos a los engaños de Satanás, jactándose de predecir el futuro, tesoros y cosas escondidas… Por último tenemos bien conocida e indagada la forma tan indigna en que esta execrable raza, usa el nombre de Cristo, y a qué grado sea dañosa a quienes habrán de ser juzgados con dicho nombre y cuya vida pues está amenazada con los engaños de ellos”.

“Y decretamos que (estas doctrinas) quedarán PERPETUAMENTE en vigor, y bajo conminación de juicio divino ordenamos y mandamos que también en el futuro todo sea observado firmemente” San Pío V, bula "Romanus Pontifex", sobre los judíos

Citemos, por último, a San Gregorio Magno, por haber conjugado en su persona el ser el último de los Padres latinos y Papa a la vez. Puesto que ahora hay quien cree que los judíos son hermanos en Abraham, no está de más traer a colación la siguiente enseñanza:

“Si nosotros, por nuestra fe, venimos a ser hijos de Abraham, los judíos, por su perfidia, han dejado de serlo”.

Lógicamente, también los concilios, tanto locales como universales, siempre que se han pronunciado sobre el problema judío, lo han hecho homogéneamente con las enseñanzas de los Padres, Doctores y Sumos Pontífices.


“Y respondiendo Pedro y los Apóstoles, dijeron a los judíos: Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestro padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, poniéndole en un madero” Act. 5, 29-30
De los concilios locales nos limitaremos a citar un par de cánones de concilios toledanos, por la particular autoridad dogmática de valor universal que la Santa Iglesia Romana siempre les ha concedido:

“… Cualquier obispo, presbítero, o seglar, que en adelante les prestare apoyo (a los judíos) … bien sea por dádivas bien por favor, se considerará como verdaderamente profano y sacrílego, privándole de la comunión de la Iglesia Católica, y reputándole como extraño al reino de Dios, pues es digno que se separe del cuerpo de Cristo el que se hace patrono de los enemigos de este Señor”.

“los judíos también mataron a Nuestro Señor Jesús y a los profetas, […]no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres” 1 Tes. 2, 15-16

“De la perfidia de los judíos. Aunque en la condenación de la perfidia de los judíos, hay infinitas sentencias de los Padres antiguos y brillan además muchas leyes nuevas; sin embargo como según el vaticinio profético relativo a su obstinación, el pecado de Judá está escrito con pluma de hierro y sobre uña de diamante, más duros que una piedra en su ceguera y terquedad. Es, por lo tanto, muy conveniente que el muro de su infidelidad debe ser combatido más estrechamente con las máquinas de la Iglesia Católica, de modo que, o lleguen a corregirse en contra de su voluntad, o sean destruidos de manera que perezcan para siempre por juicio del Señor”.

Finalmente, entre los ecuménicos, baste recordar el IV Concilio de Letrán, concilio importantísimo que definió dogmas como el Extra Ecclesiam nulla salus, la Transubstanciación o la existencia del Infierno. Este concilio, en su canon 68, es diáfano expresando cómo los judíos, "malditos de Dios, deben llevar un distintivo especial en sus ropas".


Fuente: G.P.G (Agencia FARO), 10 de Abril del 2009, Viernes Santo.

martes, 9 de mayo de 2017

No hay carlismo sin legitimismo. Si no es sixtino, no es carlista



"Bajo el título de tradicionalismo hay mucho turbio y equívoco, hasta el extremo de cobijar los que, si en su día fueron secuaces de la buena Causa, hoy andan perdidos por laberintos de liberalismo.

Sobre todo por haber olvidado que la legitimidad es la garantía del contenido ideal, algo así como el tapón precintado del vino de marca. Ya se sabe: salta el tapón y no hay quien responda del vino. Lo más natural  es que se corrompa. Carlismo, pues, de pura legitimidad, pues sin ella las ideas se corrompen. Por algo el posibilismo, que cierra los ojos a las exigencias de la legitimidad, suele ser el peor enemigo de la Causa"

(Álvaro d' Ors. Revista Montejurra nº22)

“La monarquía, como una esperanza remota, porque antes hará falta un gobierno fuerte, provisional, que reconstruya el país y que establezca una constitución para que pueda venir el rey”. Es decir, que la monarquía no es salvación, sino náufrago al que se ha de salvar. Los salvadores son ellos, un gobierno cualquiera, los más acreditados del demos, una república, el mando de muchos para restablecer la vida pública. Luego, esperanza remota…, cuando ya todo está construido, se pone como remate el adorno de un rey. ¡No sirve para otra cosa! Ese es el rey del régimen democrático constitucional y los que así piensan son revolucionarios hasta la médula aunque no lo sepan"

(Luis Hernando de Larramendi  ‘Cristiandad, Tradición, Realeza’)

"El carlismo tuvo arraigo popular gracias a su legitimismo dinástico, de tal modo que sin este hecho difícilmente hubiera aparecido en la historia española un movimiento político semejante, aunque su principal y más profunda motivación fuera religiosa. Podríamos encontrar semejanzas con otros movimientos antirrevolucionarios como la Vendée, los tiroleses de Austria o los cristeros de México. Pero estos casos, después de haber fracasado su levantamiento militar desaparecen como movimientos políticos. El carlismo, por el contrario, reaparece en la vida política española tras varias derrotas militares y largos períodos de paz en que se afirma que ha perdido toda su virtualidad. Se explica esta diferencia por el hecho de que la defensa de los principios político y religioso está íntimamente unida con la causa dinástica. Por ello Cuadrado puede afirmar que si ésta desapareciera su presencia se refugiaría “en las regiones inofensivas del pensamiento”.

Si se tratara de encontrar el medio para que desapareciera definitivamente el carlismo de la escena política española, habría que seguir aquella política que se propone desde El Conciliador. Hacer que desaparezcan las motivaciones dinásticas y de este modo se habrá conseguido que el carlismo no represente un permanente peligro de desestabilización política”.

(José Mª Alsina Roca. El Tradicionalismo Filosófico en España)


"Tal fue el caso de la tradicional monarquía española, por más que se haya querido ver en su historia una evolución constante y uniforme hacia la desaparición de las libertades y autonomías locales y sociales. Como dijimos, en poco o nada había variado de hecho nuestra organización municipal y gremial desde los primeros Austrias hasta Carlos IV, al paso que, desde la instauración del régimen constitucional, varía el panorama en pocos años hasta resultar hoy casi desconocida para el español medio la antigua autonomía foral y municipal.

La monarquía viene a ser así la condición necesaria de esa restauración social y política. Si todas las sociedades e instituciones que integraban el cuerpo social eran hijas del tiempo y de la tradición, en el tiempo y en la tradición deberán resurgir. Su restauración debe ser, necesariamente, un largo proceso. Para que se realice, se necesita de un poder condicionante que se lo permita y que las encauce y armonice en un orden jurídico. La Monarquía es la única de las instituciones patrias que puede restaurarse por un hecho político, inmediato; y ella es, precisamente, ese poder acondicionador y previo. En frase de Mella,

la primera de las instituciones, que se nutre de la tradición, y el canal por donde corren las demás, que parecen verse en ella coronada"

(Rafael Gambra. La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional)

“Si esto es así, las exigencias de la restauración recorrerían un proceso inverso al que impuso la historia, y esta inversión del proceso parece imponerse en vista de la necesidad de romper, en primer lugar, las estructuras político-financieras de los poderes que dirigen la revolución y que hacen prácticamente imposible la restauración desde abajo. El poder estatal creado por la revolución es tan exclusivo, tan absoluto, que no se puede soñar con restaurar el orden social si no se comienza por poner los resortes de ese poder en las manos encargadas de la misión restauradora”.

jueves, 27 de abril de 2017

Restaurar la Cristiandad

Seguramente, todo carlista que se precie se habrá encontrado a católicos (descartemos de entrada a los modernistas porque no son tales) que, si bien simpatizan en cierta forma con nosotros, se echan atrás porque no ven factible una "vuelta al pasado", como suelen decir. Normalmente, estas personas argumentan con que no es posible volver a una sociedad como la del Antiguo Régimen y que la "nueva Cristiandad" se hará de una forma diferente. Unas veces con dictaduras, normalmente desde el Estado y siempre con influencias ideológicas de la modernidad ajenas a la anti-ideología que representa el carlismo.

Todo ésto conlleva una contradicción enorme, porque toda ideología es un subproducto de la modernidad y un sustitutivo de la religión. De la misma forma que el Estado es un sustituto de la sociedad orgánica de la monarquía cristiana. Aunque ya se sabe que estamos en una época en que la contradicción está a la orden del día y por eso no nos extraña ver a católicos tradicionales defendiendo un confesionalismo de Estado al estilo napoleónico o franquista y creer que eso es el Reinado Social de Cristo.


Pero lo peor, es que al final el pensar que "es imposible restaurar el viejo orden cristiano" implica de por sí una aceptación del evolucionismo (en un sentido social y político) y de la nefasta idea del progreso, que tantos males nos ha ocasionado y ha sido excusa de tantas herejías.

Frente a estas desviaciones, simplemente recordar lo que en su día dijo San Pío X sobre la vuelta a la civilización cristiana. Es esencial tener en cuenta las palabras del Papa Sarto sobre lo imprescindible que es reconstruir las estructuras sociales políticas prerrevolucionarias para restaurar en la Tierra el Reinado Social de Cristo: 

«… no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; … no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo».

San Pío X, carta sobre los errores de «Le Sillon» Notre charge apostolique.

domingo, 19 de marzo de 2017

No es el mundo cristiano el que se derrumba

El liberalismo individualista y ecléctico, radical y doctrinario, fué indudablemente durante gran parte del siglo, y aún lo es para algunos espíritus rezagados, el supremo ideal que pugnaba por entronizarse en los pueblos, y que explicaba con sus contiendas la convulsión de la sociedad moderna, período angustiosísimo que terminaría de un modo feliz cuando las nuevas ideas hubiesen pasado de los espíritus a los hechos y gracias a ellas Cristo bajase del altar para ceder el puesto a la razón emancipada del yugo de su Cruz.

 Mas sucedió al revés precisamente de lo que esperaban los modernos redentores de la Humanidad. El mundo por ellos combatido cayó al suelo en el orden político, manteniéndose firme en el social, a pesar de las violentas acometidas y de los sacudimientos con que trataron de remover sus cimientos seculares. En cambio, la nueva creación revolucionaria, dando muestras de la consistencia y solidez del principio racionalista que le sirvió de pedestal, no ha llegado a celebrar el primer centenario sin que ya aparezca cuarteada toda la fábrica, agrietados los muros y próxima a derrumbarse con estrépito, a pesar de haber empleado la mayor parte del tiempo, no en añadirle nuevas dependencias, sino en revocar la fachada y poner al edificio andamiaje, a fin de que pudiese prolongar su mísera existencia, retardando lo más posible el descrédito de los arquitectos. Todo fué en vano. El edificio político y económico ahí está arruinándose, como todos los edificios, por la techumbre, que es lo primero que se deteriora y destruye.

¡Cosa verdaderamente notable! La revolución política termina su evolución precisamente en el momento en que empieza a cundir por todas partes su descrédito. Diríase que Dios esperaba que los obreros de la nueva babel lanzasen el primer grito de júbilo al ver lo adelantado de su obra, para castigar su soberbia mostrándoles lo estéril y miserable de la empresa de que se enorgullecían.

Libertad de pensamiento y de palabra contra el deber de absoluta dependencia que liga al hombre con Dios; soberanía individual y colectiva contra la natural subordinación del súbdito a la autoridad legítima; libertad económica contra la relación de caridad y de justicia que liga a los fuertes y poderosos con los débiles y pobres; todas las libertades revolucionarias están ahí de cuerpo presente, demostrándonos con sus desastrosos efectos la aberración del principio que las alimenta.

 La lucha de sectas, escuelas y partidos, desgarrando los espíritus y encendiendo la guerra en la inteligencias y en los corazones; la serie interminable de oligarquías que con nombres diversos hacen pasar su voluntad tiránica por la que se suponía que había de brotar de la masa social, y, por último, la muchedumbre obrera, que dice a sus libertadores que le devuelvan la antigua reglamentación, porque tanta libertad liberal la ahoga con la argolla de la miseria; todo esto constituye el gran proceso de la revolución se forma, dándose la muerte con la piqueta con que se había propuesto no dejar en su sitio una sola piedra del antiguo alcázar, cuya belleza y majestad ni siquiera quiso comprender.

No es, por lo tanto, el mundo cristiano el que se derrumba para que sobre sus escombros se alce el paganismo restaurado.

La idea católica, a pesar de todas las propagandas revolucionarias, sigue siendo la savia de que todavía reciben las naciones la vida que les resta. Si ha perdido su influjo en los Estados, aún conserva la divina virtualidad para volver a ejercerla en tiempo no lejano con la misma eficacia de otros siglos. Lo que cae y se desmorona es el edificio liberal, apenas levantado.

Un nuevo orden social y económico, que en todo lo que encierra de bueno es la reproducción del antiguo régimen cristiano, y que en todo lo que encierra lo malo, que es mucho, es la exageración del principio liberal, cuyos efectos trata de evitar, es lo que ahora se levanta. La revolución liberal política desaparece, y se va a comenzar la social. Su triunfo será más efímero que la primera, pero no lo será la enseñanza que la sociedad deducirá de la catástrofe, porque el día en que se plantee la última consecuencia social de la revolución será el primer día de la verdadera restauración cristiana de la sociedad.

En la nueva lucha, los liberalismos individualistas y eclécticos serán apartados por los combatientes con desprecio, para que ambos adversarios puedan dirimir sin estorbos enojosos la suprema cuestión. Y es preciso estar ciegos para no ver que los nuevos y únicos contendientes serán el verdadero socialismo católico de la Iglesia, que proclama la esclavitud voluntaria de la caridad y el sacrificio, y el socialismo ateo de la Revolución, que afirma la esclavitud por la fuerza y la tiranía del Dios Estado.

Juan Vázquez de Mella, "La batalla que se aproxima" (El Correo Español, 9 de mayo de 1891).

jueves, 23 de febrero de 2017

Juan Sáenz-Díez, ejemplo de lealtad

Juan Sáenz-Díez fue un carlista gallego que nació en el seno de una familia que era propietaria del Banco Simeón, del que pronto se vería vinculado en un puesto directivo. Golpeado por el Crac de la Bolsa de 1929 de Nueva York, que presenció en vivo y en directo ya que, vivió unos cuantos años en Estados Unidos; aprovechó para conocer, de manera complementaria, el funcionamiento de la prensa norteamericana para fundar un periódico en España. Posteriormente, ya en la década de los años 30, se dedicaría al negocio de la fabricación de bombillas, siendo también presidente de "Coloniales Sáenz-Díez S.A", sociedad dedicada a artículos coloniales y ultramarinos.

Ya en los años 60 dirigió "Almacenes Simeón" y, en general, estuvo muy implicado en la empresa familiar del grupo Simeón. Con ello, contribuiría generosamente a la financiación de la Causa en su probadísima lealtad que a continuación se detalla. 


Durante la Cruzada Nacional de 1936, Sáenz-Díez formó parte de la Junta Nacional Carlista de Guerra, siendo su delegado de Intendencia. Pero, en febrero de 1937, a dos meses del fatídico Decreto de Unificación y oliéndose la artimaña militar y de los posibilistas de turno para liquidar una posible restauración legitimista, participó en la asamblea carlista de Portugal en la que se acordó que era necesario «afirmar nuestra personalidad (la del carlismo) ante el Poder Público, con todo nuestro contenido y con el acuerdo de que así hemos venido a la campaña». 

Ganada la Guerra, Sáenz-Díez fue uno de los firmantes de la Manifestación de los Ideales Tradicionalistas, que reclamaba la restauración de la monarquía tradicional. Después formó parte de la Junta Auxiliar del tradicionalismo, organización sustituta de la Junta de Guerra, fiel al jefe delegado Fal Conde y contraria al Decreto de Unificación, que en 1942 llegó a calificar al régimen franquista de «intruso y usurpador», acusándolo de haber «llevado el desgobierno y el malestar a todos los órdenes de la Administración pública y de la vida nacional». Coincidiendo con el declive del fascismo en Europa, la Junta reivindicaba la autoría del Alzamiento Nacional frente un régimen que, «contra toda razón y todo derecho, se ha impuesto bastardeando y contrariando los móviles que llevaron a derramar su sangre y a sufrir sacrificios de toda clase a tantos y tantos españoles». Ya en el verano de 1943 Sáenz-Díez fue también partícipe y firmante del manifiesto carlista Reclamación de poder, que reclamaba la restauración de la monarquía legítima y fue entregado por el General Vigón a Franco, quien haría caso omiso del documento.

Aprovechando sus conocimientos periodísticos y de prensa por su estancia en EE.UU, compró en 1936 El Correo Gallego y, en 1952, compró a título personal el diario madrileño Informaciones, el cuál terminó poniendo a disposición de la Comunión Tradicionalista. Tras la adquisición, según Manuel de Santa Cruz, «el periódico —sin ser portavoz oficial de la Comunión Tradicionalista— defendía y propugnaba en la medida legalmente posible las orientaciones carlistas». 

Habiendo cesado Manuel Fal Conde como jefe delegado de la Comunión Tradicionalista en 1955, Sáenz-Díez fue nombrado por el rey legítimo Javier de Borbón Parma miembro de la nueva Secretaría Nacional de la Comunión, junto con José María Valiente, José Luis Zamanillo e Ignacio Hernando de Larramendi. Estuvo al frente de la comisión económica de la Comunión hasta ser destituido en el cargo en 1963 por Don Javier, tras oponerse, junto con otros dirigentes carlistas, a la nueva estrategia de la secretaría del príncipe Carlos Hugo.

Tomando parte de la estrategia de cierto sector del carlismo en aquellos años con la política colaboracionista, en 1967 se presentó sin éxito en La Coruña como candidato a procurador en Cortes en representación del tercio familiar, con una campaña que pedía el voto con el eslogan: «Vota a Juan Sáenz-Díez: Portavoz en Cortes de la Economía gallega. Defensor en ellas de los valores permanentes de la Patria. Servidor siempre de los principios espirituales».

Además de su labor política y empresarial, Sáenz-Díez fue uno de los redactores de la revista Misión, en la que también escribían otros escritores carlistas como Juan Peña Ibáñez, Máximo Palomar, Fernando Polo, Rafael Gambra, Francisco Elías de Tejada, Agustín González de Amezúa y Manuel Senante.

Tras la expulsión de la familia Borbón Parma en 1968 por parte del gobierno, Sáenz-Díez manifestó su desacuerdo con la medida, así como con la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de rey. En una carta de diez folios escrita a Laureano López Rodó, fechada en 2 de mayo de 1969, afirmaba que Don Javier de Borbón Parma se había sumado, aún antes de su inicio, al Alzamiento del 18 de julio y ello le legitimaba para aspirar a la Corona.

Al producirse la división en el seno del carlismo a raíz de la expulsión de la familia Borbón Parma y los llamados Congresos del Pueblo Carlista (1970-1972), se le propuso en 1971 formar parte de la Hermandad de Antiguos Combatientes de Tercios de Requeté, organización opuesta a los Borbón-Parma, pero rehusó. No obstante, en 1972 escribió una carta a Don Javier, repudiando el programa revolucionario del recién creado "Partido Carlista" que lideraba el príncipe Carlos Hugo, sin embargo, en la misiva dejaba constancia de su lealtad a Don Javier, a quien consideraba ajeno a esa deriva y a los textos que se hacían circular en su nombre.

En 1975 fue uno de los firmantes de unas cartas a modo de ultimátum dirigidas al rey Don Javier y después a Carlos Hugo, en quien el rey acababa de abdicar por coacciones y amenazas. Al no recibir respuesta, participó en la reorganización de la Comunión Tradicionalista (1975) bajo el liderazgo de Sixto Enrique de Borbón, que nombró a Sáenz-Díez jefe delegado. Como tal, fue uno de los firmantes que la legalizaron como partido político en 1977, junto con Antonio María de Oriol, José Luis Zamanillo y José Arturo Márquez de Prado. En 1975 formó parte también de la directiva de la Hermandad Nacional de Antiguos Combatientes de Requetés presidida por el general Luis Ruiz Hernández, con el cargo de tesorero.

Como nuevo dirigente tradicionalista, Juan Sáenz-Díez fue colaborador del histórico periódico carlista El Pensamiento Navarro. En él publicó el 7 de enero de 1978 un artículo titulado Con escarnio para el pueblo navarro, en el que criticaba la decisión del Consejo de Ministros de aceptar un texto "preautonómico" para las tres provincias vascas y Navarra. No por oposición a una autonomía necesaria y reivindicada desde siempre en el "federalismo histórico" de la foralidad carlista, sino por rechazo a la artificialidad de las llamadas Comunidades Autónomas y por la absorción de Navarra por parte del nacionalismo vasco, como poco después ocurriría.

Finalmente, en 1984 Sáenz-Díez fue sustituido como jefe delegado de la Comunión Tradicionalista por Carlos Cort y Pérez Caballero. 

Sáenz-Díez moriría en Madrid, un 12 de octubre (día de la Hispanidad) de 1990.

martes, 14 de febrero de 2017

El protestantismo como germen del liberalismo

El protestantismo es el modulador del mundo moderno. Fue el origen de las monarquías absolutas que aparecieron en Europa al abrigo de su revuelta política, destruyendo la unidad orgánica de la Comunidad Política, punto de arranque del leviatán del totalitario Estado moderno. Fue el detonante de la liberación religiosa y jurídica de la usura y la rapiña que dio origen a los imperios bancarios y financieros de la plutocracia, su calvinismo fue la ética del naciente capitalismo dando carta de naturaleza a la explotación económica y al materialismo economicista. Fue caldo de cultivo del repugnante racismo holandés y británico que se evidenció en sus colonias factorías, producto de su predestinación religiosa. Colonización depredadora, imperialista y genocida.



Su fideísmo destruyó la síntesis armónica clásica de Fe y Razón, que sustentaba la civilización levantada por la inteligencia católica comunitaria. Pariendo el liberalismo y el modernismo, incubando el subjetivismo y el relativismo social. Su puritanismo rigorista asfixió a los pueblos que cayeron en sus garras, siendo padre del fariseísmo de la moralina burguesa moderna, derivando en abismo directo hacia el nihilismo más disolvente en la posmodernidad. Fue germen de la filosofía moderna desde su larvado nominalismo y su idealismo camino de secularización y laicismo. Fue senda de todas las ideologías totalitarias: marxismo y nazismo nacientes en las naciones de su suelo devastado. Fue el destructor del ethos occidental y configuró la actual Europa laica y plutocrática sobre las ruinas de la Cristiandad, a la cual dividió en honda fractura histórica, religiosa y política. El error religioso llevó al error político y este al error económico.

Dice el P. Leonardo Castellani que la frase de Rousseau que es el núcleo de toda la doctrina liberal es. “!Déjeme en paz!”…y continua “Esa obsesión de la libertad propia de un loco vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron; y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz. Los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre, la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre”.

Poder político y fuerzas económicas, siempre con la pretensión de que se “les deje en paz”, esa es la esencia del liberalismo, consagrada por la fractura teológica de la escisión entre naturaleza y gracia del luteranismo.

El mismo P. Castellani escribe: “El protestantismo fue arrojado de Austria, Italia, España y Francia en el siglo XVI gracias a los esfuerzos del Imperio Romano Germánico de Carlos V. Pero entró en esos países en el siglo XVIII y XIX disfrazado con el bello nombre de liberalismo…El liberalismo, con los falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado. Eso es lo que ha debilitado política y socialmente a las naciones católicas de Europa: la ficción del catolicismo”.

La ficción del catolicismo, es decir un catolicismo liberal, burgués que ha renunciado a su doctrina social, repetidamente enseñada por los Pontífices. Un catolicismo hueco, totalmente desnaturalizado y ajeno a su secular tradición. Un maridaje antinatural de catolicismo y liberalismo en el que muchos están empeñados, en su intento (condenado por los Papas) de reconciliar a la Iglesia con el mundo moderno.



El último episodio de este lamentable proceso es el llamado”modernismo católico”, que hoy infecta por todas partes a la Iglesia y a su teología. Intento de reducir al catolicismo a la esfera de lo privado, de la conciencia individual. Resultado final de la máxima liberal-católica “de una Iglesia libre en una sociedad libre”.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Vázquez de Mella: un gallego por afinidad, por afecto y por espiritualidad

En Madrid acaba de morir D. Juan Vázquez de Mella, ilustre hombre público, publicista, pensador, orador elucuentísimo. Por su gran modestia y por sus arraigadas creencias políticas no quiso ocupar ningún alto puesto. Sin embargo, en la consideración nacional estuvo siempre en la línea de nuestras primeras mentalidades.


Nació en Cangas de Onís, pero estudió carrera mayor en Santiago. En la biblioteca universitaria formó su espíritu y con el corazón puesto en Compostela vivió toda su vida. Por ésto, con motivo de su muerte, la prensa de aquella ciudad le ha consagrado mucho espacio, desenterrando interesantes episodios de su vida.

"Mella -dice un periódico compostelano- no había nacido en Galicia aunque muchos diccionarios enciclopédicos señalan esta su tierra como la de su nacimiento; pero era igual. Si la casualidad quiso llevarle a nacer en la región vecina, de donde su difunta madre era nativa, aquí vivió siempre, aquí se educó y de aquí se consideraba él. ¡Con qué fervor hablaba siempre de Santiago!, de sus primeros años de estudiante, de su infancia discurriendo por las calles compostelanas, de los días agitados en que bajo lo porches de la monumental Compostela discutía y libraba batallas académico-políticas, y de las horas de paz y sosiego, en la tranquilidad virgiliana transcurridos en su casa de Boimorto.


Como todo lo que se ama, también Galicia fue ingrata con Mella, pues cuando quiso representarla en Cortes, siendo ya una figura sobresaliente en la política española, le volvió la espalda. Fue en el año 1919, gobernaban los mauristas y al encasillar los diputados que habían de formar aquel Parlamento hecho a semejanza del ilustre Maura, con las organizaciones antiguas, señalaron a Santiago como lugar más adecuado para que Mella luchase con los antiguos dominadores del distrito.

Unos días antes de la elección, en vísperas ya de la fecha señalada para ella, Mella llegó a Santiago. Fuimos de los pocos que acudimos a recibirle, porque nos ligaba a él una antigua amistad. Nos preguntó nuestra impresión y sinceramente, claramente, casi brutalmente, la expusimos al amigo.

A pesar de todos los pesares, con todas las simpatías del Gobierno de entonces y todas las seguridades del ministro de Gobernación, que lo era D. Antonio Goicoechea, Mella salió derrotado. Sin embargo, Vázquez de Mella obtuvo la mayoría de los votos de Santiago. Alcanzó aquí 1495 votos mientras que su contrincante lograra 1229. Entonces, como siempre, quien dio el triunfo ha sido la población rural".

De entonces -dice el mismo periódico- conocemos un episodio que muchos ignorarán y que, sin embargo, tiene mucha gracia por tratarse de los personajes que se trataba. Un sacerdote del Ayuntamiento de Enfesta, que aún vive en el vecino distrito, hombre de arraigo en el país, era dueño de la votación de toda aquella parte. y se sabía que estaba, por razones de parentesco con personajes liberales de Santiago, del lado de éstos. Mella, que fue apercibido de eso, procuró atraerse al cura y hasta se valió del Obispo Auxiliar, su gran amigo, el señor Valbuena (q.D.h).

-Yo no haré nada, no me enteré de nada, decía como última promesa.
-Si votan por V., aún añadió, será porque sabían de mis compromisos anteriores y creerán darme gusto en ello; pero yo nada les diré para que lo hagan.
La votación de Enfesta fue favorable al contrincante del señor Mella y dio el triunfo al señor Cotarelo.
-¡Cuándo yo diga en Madrid, exclamaba luego, que he sido derrotado por un cura, no van a creerlo!".

Sus primeros pasos por la vida pública los dio Mella desde las columnas del periódico. Ya lo recordábamos ayer en una breve nota. Comenzó aquí con "Franco Leal" (Fernández Suárez) Jamardo Crisman, Tarrío, Caldelas, Gallego y Calvelo redactando "El Pensamiento Galaico". Luego fue a Madrid llamado para dirigir "El Correo Español", órgano de D. Carlos. Allí, con el maestro de periodistas D. Beningo Bolaños "Eneas", con el malogrado Cirici Ventalló que manejaba la sátira y el humorismo como pocos y sin bajar a la chabacanería, y con otros muchos compañeros, Mella escribía sus impresiones acerca de la vida política española, que eran tenidas en alto aprecio y constituían los grandes sucesos.


Aún después, cuando venía a Santiago con cualquier motivo y aquí se quedaba con propósito de estar unos días, que a lo mejor se convertía en meses, Mella no sabía pasarse sin acudir a las redacciones de los periódicos.

Recuerda un diario santiagués los grandes éxitos parlamentarios de Vázquez de Mella y dice que se hizo célebre la frase con que terminó uno de sus discursos: desgraciados los pueblos que son gobernados por mujeres y niños. Nosotros -es ahora VIDA GALLEGA quién habla- podemos evocar aquel discurso con la autoridad y la emoción de testigos presenciales.

Se debatía en el Congreso el desastre colonial, y las oposiciones batían fieramente al Gobierno de Sagasta. Presidía la cámara el marqués de la Vega de Armijo. Vázquez de Mella pronunciaba una oración llena de fuego y en lo más ardoroso de ella lanzó aquel famoso apóstrofe que se hizo célebre y que el periódico compostelano recuerda ahora.

Eladio de Lema (Faro de Vigo)
11 de marzo de 1928